sábado, 29 de marzo de 2014

La "primera combatiente": ¿Cilia o María Corina?


¿Quién merece más, para usted, el calificativo de “Primera Combatiente” de Venezuela? Por si acaso, para quienes hayan reaccionado al título de este escrito con un vehemente “¡Guácatela!”, debo subrayar que no estoy sugiriendo ―o imaginando siquiera― ninguna clase de romance entre Nicolás Maduro y la célebre diputada opositora María Corina Machado. En realidad, lo que me condujo a este tema fueron los testimonios de la agresión ocurrida el 19 de marzo contra los estudiantes de la Facultad de Arquitectura de la UCV. Estudiantes que, por cierto, no estaban haciendo pancartas ni planificando protestas. Muy por el contrario, se habían prohibido a sí mismos hablar de política[1], para que su reunión se concentrara en cómo reprogramar el semestre, después de un mes de angustias y contratiempos. Pero lo más insólito de todo no fue eso, que se les agrediera en el contexto más zanahoria o apolítico que se pueda concebir, sino el hecho de que  sus victimarios, además de encañonarlos, apalearlos y patearlos a placer, e incluso desnudarlos o desnudarlas... también les gritaban “¡fascistas!”[2]. Supongo que entre tantas otras ilustraciones, este colmo de la incoherencia o del cinismo debe ser la prueba más fehaciente de que la crisis económica e institucional del país ha venido acompañada de una maxidevaluación de las palabras, o de una quiebra general del lenguaje.

Por supuesto, comparada con la quiebra de nuestra moneda, la quiebra del lenguaje nos tiende a parecer secundaria o hasta trivial, pero hay muchas razones para pensar que la adulteración de las palabras es tanto o más perniciosa que la desaforada impresión de papel moneda inorgánico o de mentiritas. De hecho, son varios los afamados pensadores que han concluido que la aparición del fascismo y del nazismo en Europa pudo preverse si se hubiera prestado más atención a los abusos del lenguaje. En cierto modo, dice Alex Grijelmo resumiendo la perspectiva de esos autores, fueron las palabras adulteradas por el totalitarismo las que escoltaron a los tanques de la Segunda Guerra Mundial: “Las palabras manipuladas, en efecto, van por delante de las injusticias para abrirles el camino”[3].

Por eso, aunque a primera vista parezca frívolo ocuparse del vocabulario en medio de tantas muertes y violaciones de los derechos humanos, es importante reconocer, como lo advirtió hace tiempo Rafael Cadenas, que la pobreza del habla refleja la pobreza del pensamiento, y que la confluencia de ambas pobrezas tiene consecuencias incalculables[4]. O si se prefiere, como escribió hace unos días Marcelino Bisbal, es importante estar conscientes de que si bien los hechos pesan mucho, las palabras con las que nombramos e interpretamos a los hechos pesan todavía más. A lo cual agregó: “No ha habido discurso, transmisión en cadena de radio y televisión, declaraciones sueltas por aquí y por allá con motivo de cualquier cosa, donde el lenguaje no haya sido prostituido, donde las palabras no hayan sido convertidas en piedras lanzadas contra alguien o contra las 7.270.403 personas que pensamos distinto”[5].

María Corina Machado, frente al Comando de la Guardia Nacional
al culminar la Marcha de las Mujeres por la Paz
En ese orden de ideas, procurando aportar mi granito de arena a la ortopedia e higiene del lenguaje de los venezolanos, quisiera reclamarle al chavismo el desplazamiento de la expresión “Primera Dama”, por la de “Primera Combatiente”. Pues para empezar, si el chavismo es tan pacífico como dice ser, no se entiende que la consorte de quien ocupa la Presidencia se ufane ante todo de su belicosidad. Por otra parte, si lo que se pretende es que los venezolanos asumamos la confrontación como nuestro valor supremo, entonces todos tenemos el mismo derecho a hacerlo y el gobierno debe dejar de quejarse de los “violentos”, porque la Constitución no dice en ninguna parte que los venezolanos se deban dividir en combatientes versus pendejos, o en guerrilleros versus monigotes para tiro al blanco. Y si en definitiva vamos a tomar como modelo de conducta a la más valiente de nuestras mujeres, entonces no me parece que Cilia Flores, protegida como está por múltiples anillos de seguridad, incluyendo los cubanos, reúna puntos para superar ni siquiera el primer casting del novedoso certamen mediante el cual habríamos de elegir (preferiblemente sin la “ayuda” de Tibisay Lucena) a la mujer más combativa de Venezuela.  Al fin y al cabo, sus mayores victorias, hasta donde tengo entendido, consistieron en “enchufar” a más de 30 parientes suyos en la Asamblea Nacional, y luego a un sobrino como Tesorero de la Nación[6]. Todo un récord de nepotismo que no sólo mereció la condena de la oposición, sino también la de cierto sector del propio chavismo[7] ―vale la pena acotar―. 

Damas de blanco venezolanas disputándole
la Plaza Altamira a los militares
María Corina Machado, sin duda, sería una candidata mucho más fuerte al mencionado título. Bien sea por aquella ocasión en que le explicó a Hugo Chávez, en su cara, que lo que él entendía por expropiar equivale a robar, o por las tantas veces en que ha tenido que enfrentar toda clase de cobardes ataques contra su integridad física y moral. Pero es igualmente indudable que el número de las posibles candidatas es grande y la competencia sería harto reñida. Sin pretender que las voy a mencionar a todas, o en su debido orden, me imagino que entre las favoritas también figurarían Gaby Arellano, Lilian Tintori, Marvinia Jiménez, Rocío San Miguel, Rayma, Ligia Bolívar, Liliana Ortega y una larga lista de corajudas periodistas, como Altagracia Anzola, Jenny Oropeza o Mildred Manrique, así como una lista considerablemente más larga de madres, de abuelas y de jovencísimas manifestantes que, aun cuando no hayan recibido tanta atención por parte de las redes, han estado derrochando valor e integridad a raudales. 

Naturalmente, no se debe descartar que entre las candidatas con chance también pudiesen quedar algunas partidarias del oficialismo, pero para serles franco, como nunca veo a VTV, TVEs y afines, no se me ocurre a quién mencionar. Además, como en sus contramarchas no solo cuentan con comidas y bebidas espirituosas, sino también con escoltas y control de asistencia, parece claro que lo que se merecen serían más bien discretos diplomitas por “aseo”, “obediencia” o “disciplina”. Por otra parte, supongo que en algún universo paralelo, la Defensora del Pueblo, la Fiscal General y las magistradas del Tribunal Supremo arrancarían con ventaja, en razón de sus atribuciones, pero en nuestro caso tan peculiar, aunque las categorías suenen muy parecido, no se debe confundir a las más combatientes con las más complacientes.
 
En fin, así como en España, según Grijelmo, el franquismo “dejó inservibles muchos vocablos [incluyendo a la “patria”] que en el resto del mundo hispano siguen su camino sin problemas”[8], el chavismo, no conforme con arruinar fincas, fábricas, clínicas y hospitales, y dentro de poco también centros comerciales, arruinó además infinidad de palabras, como “bolivariano”, “colectivo”, “militar”, “mesas de diálogo”, “comisión de la verdad”, y hasta “paz” y “felicidad”. Ojalá, dentro de la necesaria reconstrucción de Venezuela que espero comience más pronto que tarde, nadie olvide incluir los tornillos verbales y los sacos de cemento lingüístico indispensables para recuperar las virtudes del país que en otros tiempos solíamos adjetivar y sentir como el más “chévere” del mundo.     




[1] Avendaño, E., y Lugo, A. (2014, 21 de marzo). “¿Quiénes son los que quieren tumbar al gobierno?”. El Nacional, p. 4.
[2] Molina, T., y Hernández, J. (2014, 21 de marzo). Me dio tan duro que me dejó marcada la suela de su zapato. El Universal, disponible en http://www.eluniversal.com/caracas/140321/me-dio-tan-duro-que-me-dejo-marcada-la-suela-de-su-zapato
[3] Grijelmo, A. (2000). La seducción de las palabras. Madrid: Santillana, p. 124.
[4] Cadenas, R. (1984). En torno al lenguaje. Caracas: Universidad Central de Venezuela.
[5] Bisbal, M. (2014, 14 de marzo). El Nacional, disponible en http://www.el-nacional.com/marcelino_bisbal/quiebra-palabras_0_371962964.html
[6] Vinogradoff, L. (2013, 2 de diciembre). Una primera dama de armas tomar. El bochinche venezolano [Blog]. Disponible en http://abcblogs.abc.es/bochinche-venezolano/2013/12/02/una-primera-dama-de-armas-tomar/
[7] Ayala Altuve, D. (2011, 2 de septiembre). Clan Flores fuera de la AN. TalCualDigital.com. Disponible en http://www.talcualdigital.com/nota/visor.aspx?id=57908&tipo=AVA
[8] Grijelmo, Ibid., p. 198.

viernes, 14 de marzo de 2014

De orinar en la sopa, o de los crímenes de lesa institucionalidad

Hace pocos días, mientras miraba un video de los recientes hechos de Los Ruices,  sufrí un ataque de compasión. En parte corriendo, y en parte a gatas, para protegerse, un Guardia Nacional se iba aproximando a un compañero, tirado en el suelo, boca arriba. Pero cuando al fin le tuvo cerca, su reacción me resultó desconcertante, porque en lugar de algún gesto de auxilio, lo que hizo fue halarlo bruscamente del pecho, y acto seguido soltarlo, con la misma rudeza, se diría que con desprecio. Un instante después comprendí: al ver la expresión del caído, o la gravedad de sus heridas, se había dado cuenta de que ya poco o nada podía hacerse, y su gesto debe haber ido acompañado de algunas palabras como “¡Coño, nos lo mataron!” Fue entonces cuando, espontáneamente, me identifiqué con su dolor. Lo imaginé valiente, habiéndose expuesto para socorrer a su compañero. Lo imaginé solidario, pensando en los seres queridos del amigo agonizante. Lo imaginé vulnerable, a pesar de su arma, de su casco y de todos sus arreos antimotines, que no antibalas...

Digo que todo aquello fue un “ataque de compasión”, recordando lecturas de psicología moral en las que se comenta que, para sorpresa de muchos, Joseph Goebbels, el tristemente célebre ministro de propaganda de Hitler, muchas veces experimentó ataques de compasión ―y a veces hasta tuvo actos de misericordia― hacia los judíos que estaba decidido a exterminar.  Lo que pasa es que, interpretándolos como debilidades pasajeras,  Goebbels se las arregló para hacer a un lado esos impulsos o episodios de piedad, y así continuar con su labor genocida. La moraleja psicológica de ese y otros ejemplos trata de hacernos ver que no siempre la emoción representa al mal y la razón a la moralidad, sino que a veces sucede todo lo contrario. A veces es una razón descaminada o ideologizada la que nos lleva a ser ciegos ante las verdades que para el corazón resultan obvias.

Lo cierto es que fue con esas lecturas en mente que empecé a preguntarme a mí mismo: ¿Estoy haciendo lo mismo que Goebbels? ¿Estoy acallando, por razones puramente ideológicas, mis propios “ataques” de compasión? ¿Me estoy autoinmunizando ante el sufrimiento de una amplia porción de mis compatriotas?  ¿Se me está encalleciendo el corazón, ante quienes apoyan al gobierno? Honestamente creo que no. Pero no está de más mantenerse alerta, para no deshumanizarse uno mismo, al deshumanizar a los que sienten y piensan distinto.  Por ejemplo, he visto en algunos foros digitales cómo la tragedia que estamos viviendo es tratada cual si fuese alguna especie de macabro campeonato deportivo, en el que se dilucida cuál bando es más violento y terrorista, o viceversa, cuál bando es más víctima inocente. Los estudiantes y manifestantes muertos, serían entonces goles a favor, mientras que los guardias nacionales y los motorizados muertos equivaldrían a goles en contra ―o a la inversa, según las simpatías políticas de cada quien―. Ojalá, en lo íntimo de la conciencia de cada uno de nosotros, podamos evitar esa clase de ópticas que solo presagian una tanda de penales en la que el marcador final se contaría por miles o decenas de miles. 

Pero aunque la dimensión psicológica es sin duda de gran importancia, es claro que nuestros problemas actuales no tienen que ver esencialmente con los porcentajes de razón, de pasión o de compasión que cada uno de nosotros pueda demostrar, en la esfera personal, sino sobre todo con las instituciones o conjuntos de normas diseñados precisamente para contener y compensar los inevitables excesos o desequilibrios individuales. Con otras palabras, el problema no es tratar de organizar al país colocando los ángeles de un lado y los demonios del otro, pues como seres humanos, todos tenemos algo de ambas cosas. El problema es que nuestras reglas fundamentales sean lo bastante claras, lógicas y legítimas, y por ello respetadas, como para generar cada vez más orden, prosperidad y justicia.

Miembros de la Policía "Nacional" Bolivariana observan impasibles
 como un guerrillero urbano oficialista, o integrante de los "colectivos
de paz", dispara contra viviendas de sectores opositores en la
ciudad de Caracas.
Por eso hay una diferencia de fondo, o mejor dicho abismal, entre el daño que hace un malandro que le arrebata un celular o una cámara a un transeúnte, y el que hace un guardia o un policía nacional cuando se roba el teléfono de un manifestante, o la cámara de un periodista, o cuando le abre paso y protege a un Tupamaro para que sea él quien robe a placer. Quiero decir, supongamos que el valor del bien o la gravedad de las lesiones son absolutamente iguales. En el primer caso, aunque sea lamentable, la víctima es tan solo una persona, y si el sistema institucional opera como se debe, la ley y la nación no solo salen indemnes, sino que hasta se fortalecen.  Mientras que en el segundo caso, además de la persona directamente perjudicada, la víctima es el sistema institucional, o lo que es lo mismo, la víctima somos todos, porque se  hiere a la confianza básica en las normas sobre las cuales se funda cualquier nación o sociedad civilizada. Por eso mismo, aunque se mantengan cómodamente lejos de la violencia, las omisiones o alcahueterías de la Fiscal, la Defensora del Pueblo y demás altos cómplices del régimen, son inconmensurablemente más dañinas y criminales que los atropellos que tan descaradamente amparan, o hasta condecoran.  

Claro, por su propia naturaleza, inevitablemente abstracta, este tipo de daños o crímenes pueden ser algo difíciles de entender o explicar. Por cierto, ese mismo día del que hablo, también me vi forzado a ponerme en los zapatos de otra persona que se hallaba en Los Ruices, filmando los acontecimientos desde su balcón. Porque en su video, entre las detonaciones y el ruido de las cacerolas, por momentos se alcanzaban a escuchar las preguntas de un nené:  
Guardias nacionales y civiles oficialistas atacando codo a codo la
Universidad de  los Andes, en la ciudad de Mérida
Niño: ¿Y cómo si son los policías malos?
Padre: [No responde]
Niño: ¿Pero quiénes son los que lanzan las bombas?
Padre: Los malos.
Niño: ¿Los ladrones?
Padre: No, los policías.
Niño: Pero si ellos están defendiendo, entonces... si las bombas vienen p’acá, entonces... cómo ellos están...
Preguntas que aparentemente quedan sin respuesta, tal vez en parte por lo alterado que estaba el padre, y tal vez en parte porque no es nada fácil responder a una criatura cómo es que en la Venezuela actual los uniformes y las acciones de los buenos pueden ser idénticos a los de los malos. De hecho, no son solo los niños quienes pueden tener dificultades para entender este tipo de cosas. Por desgracia, son muchos los adultos para quienes las “instituciones”, la “legitimidad”, o la “democracia” misma son nociones tan misteriosas o quiméricas como las hadas y los unicornios.


En fin, tratando, a mi modo, de explicar por qué cada crimen contra las instituciones es mucho más grave que mil crímenes contra seres de carne y hueso, yo diría que cuando se borran las diferencias entre nuestros cuerpos de seguridad y los guerrilleros urbanos o malandros en general, se comete un crimen de lesa institucionalidad. Algo tan inconcebible como un bombero que se dedicara a provocar incendios, en vez de apagarlos. Tan detestable como un jugador de pelota que juegue mal a propósito, para meterse un billete. Tan condenable como un médico que se aprovechara de la anestesia del paciente, para degollarlo con el bisturí.  Tan asqueroso como un cocinero que se orinara en la sopa que te va a servir. O tan abyecto, en resumen,  como alguien que, haciéndose llamar Presidente, se dedica a destruir la economía, a impedir una verdadera educación, y a instigar, una y otra vez, una guerra civil. Y todo ello, para ñapa, sin dejar de dormir como un niño.

viernes, 21 de febrero de 2014

Sobre el verdadero poder moral vs. los balazos en la cabeza


¿Dónde reside el “poder moral” en la Venezuela de hoy? ―si es que tal cosa existe―. Como se sabe, la Constitución vigente contiene una invención burocrática llamada “Poder moral o ciudadano”. Entonces, teóricamente, o más bien deberíamos decir “sarcásticamente”, el poder moral reside en el sepulcro de un funcionario fallecido hace más de dos años (el Contralor General de la República, a quien no se le ha buscado reemplazo), y en los despachos de dos funcionarias notoriamente sumisas ante los caprichos del Poder Ejecutivo (la Fiscal General y la “Defensora” del Pueblo). Pero en la práctica es claro que no hay allí, ni en el resto del régimen chavista, poder moral alguno ni nada que se le parezca. Porque la fórmula del verdadero poder moral combina la justicia y la compasión en partes iguales, y aquí tanto lo uno como lo otro han sido sustituidos por tanquetas y “gas del bueno” (brasileño, por cierto). Hace unos 20 años, seguramente, algunos de los jerarcas rojo-rojitos gozaron de cierto ímpetu moral, cuando se oponían a las injusticias de la época. Pero ahora, cuando en vez de corregirlas se han dedicado a modernizarlas y profundizarlas, con balazos humanistas, mentiras e infamias de todo calibre, guisos patrióticos, y sedientos de sangre “colectivos de paz”, lo que les puede quedar son si acaso unos pocos remordimientos, minimizados por toda la riqueza, arrogancia y crueldad que han acumulado. 
   
Génesis Carmona, joven carabobeña víctima
del socialismo humanista del Siglo XXI
Entre tantas indignaciones recientes, reverberan todavía en mi mente las palabras del actual Ministro del Interior a raíz del reciente asesinato de dos venerables religiosos salesianos. Dijo el alto funcionario: “Lamentamos esa muerte, y esperamos que la iglesia, y quienes la siguen, no hagan de la muerte un festín” [1]. Personalmente, creo que incluso un agnóstico como yo debería reconocer la ascendencia moral que le otorga a los salesianos, el hecho de haberles proporcionado educación técnica de primera calidad a generaciones enteras de humildes jóvenes venezolanos. Pero a los ojos del señor Ministro, la catadura moral de esa congregación o de la Iglesia toda es tal, que el hecho de ver apuñalados a dos de los suyos previsiblemente les llevaría a organizar alguna clase de desenfreno bailable. Sinceramente no tengo la menor idea de a qué clase de bonches o fiestas “rave” acostumbra asistir el Ministro Rodríguez Torres, como para haber dado semejante declaración, pero dada esa actitud ante la institución que tradicionalmente era reconocida como la guía espiritual de la mayoría de los venezolanos, resulta claro que no contamos ya con ninguna tribuna moral ampliamente compartida, que pudiese ayudarnos a encontrarle solución a la terrible crisis política en que hemos estado sumergidos por tanto tiempo.   

En todo caso, lo cierto es que no hay papel sellado o leguleyería alguna capaz de congelar, manipular o acallar al poder moral. Porque una de las características definitorias de la moral, como lo explica el filósofo Vittorio Hösle, es su prerrogativa o derecho a evaluar cualquier otra clase de acción (u omisión) humana [2]. Por eso, el verdadero poder moral es una forma de energía, dependiente del sentido que le demos a la vida, de naturaleza libérrima o absolutamente indómita, incluso en ese tipo de situaciones en las que la persona pueda estar físicamente sometida ―prisionera, maniatada, o con un arma apuntándole a la cabeza―. Es como si estuviera compuesto de gotas de agua, que brotando de las conciencias individuales, tienden a unirse, formando arroyos, torrentes y mares.

Por eso es que las cadenas televisivas presidenciales, o en general los medios y programas del oficialismo, son tan patéticos y en definitiva ineficaces. Porque operan como si se pudiera decretar que el mar no haga olas, o como si un río pudiera marchar de abajo hacia arriba, mediante amenazas. Igualmente, es por eso que hoy por hoy el poder moral se oye más claro en las voces de los jóvenes y circula preferentemente a través de las nuevas redes sociales. Sin respetar jurisdicciones de ningún tipo, que en realidad no vienen al caso, porque en materia del bien y del mal no hay soberanías que valgan. Menos aún con los periódicos y televisoras o radios independientes arrinconadas o saqueadas.

Por eso no sólo es válido, sino también beneficioso, que Rihanna, Rubén Blades o Madonna, entre tantos más, nos evalúen a unos y a otros; y por eso es justo también, mientras no se incurra en amenazas o insultos, que se increpe a Dudamel y a Abreu a que aclaren si efectivamente creen que “así es que se gobierna”. Pues teniendo un oído tan sublime como el de ellos, es incomprensible que jamás hayan escuchado ni un solo cacerolazo, o ni una sola detonación que les conmueva; o que por estar tan enfrascados en su arte, no se hayan enterado de que la paz del país pende de un delgado hilo, no precisamente musical. 

Por supuesto, mucho mejor sería habernos puesto de acuerdo hace tiempo para conformar una Comisión de la Verdad, o que la OEA hubiese realmente cumplido su papel, o que se conforme el Comité de ex-presidentes latinoamericanos que Leopoldo López ha planteado. Pero a falta de genuinos árbitros y estadistas, buenos son los pronunciamientos de las celebridades, y los debates entre sus admiradores o detractores. Dicho de otro modo, creo que en la medida en que alguien es seguido en el plano virtual, por las razones que sean, en esa misma medida se genera una responsabilidad, así como el derecho de los participantes en las redes a conocer, compartir, rebatir o reprochar los juicios de valor de sus personalidades favoritas, ya sean peloteros, líderes políticos, cantantes o artistas de cualquier tipo, sin olvidar a los actores y actrices porno, y aunque sea en apenas 140 caracteres.


Sitio donde cayó el joven caraqueño Bassil Da Costa.
En fin, por si acaso, aclaro que al reflexionar sobre el verdadero poder moral no pretendo ser ninguna clase de gurú ni mucho menos. Lo que escribo se basa simplemente en lo que he leído. Y lo que he leído subraya, en muchas formas, que el nacimiento, transmisión y mengua del verdadero poder moral tiene mucho de impredecible y paradójico. De hecho, de nuevo como el agua, es al mismo tiempo supremamente débil y supremamente fuerte. Porque el poder moral no te protege, en lo más mínimo, de las balas blindadas, de los perdigones apuntados a los ojos, de las torturas con electricidad, o de que te violen con el cañón de un fusil. Y sin embargo, aún cuando de un disparo a mansalva los “próceres” del chavismo logren que tu poder moral deje de latir, éste puede reencarnar en otros, y a través de ellos perseguir a los agresores, y a sus jefes o financistas, por el resto de sus días ―tal vez hasta más allá―. En ese sentido, pasa con las canciones de Rubén Blades lo mismo que con las enseñanzas de la moral, de la religión o del humanismo: que de poco vale repetirlas hasta memorizarlas, si para empezar no las entiendes.





[1] Notitarde.com (2014, febrero 16). Capturan a uno de los implicados en el homicidio de los religiosos en Valencia, aseguró el Ministro Miguel Rodríguez Torres. http://www.notitarde.com/Pais/Rodriguez-Torres-sobre-asesinato-de-religiosos-hay-extranas-circunstancias/2014/02/16/305053
[2] Hösle, Vittorio (2004). Morals and Politics. Notre Dame: University of Notre Dame Press, p. 78.

viernes, 31 de enero de 2014

De antropología positiva, o por qué Hobbes estaba equivocado

Hoy por hoy, la llamada “psicología positiva”, que se enfoca en el bienestar o en la felicidad más que en lo enfermizo, es cada vez más popular. En cambio, hasta donde sé, la expresión “antropología positiva” se usa rara vez[1] y en otro sentido, más bien antiguo, como sinónimo de antropología empírica o científica, sin ningún acento especial en la plenitud humana o cultural. Por otra parte, más allá de las ciencias sociales, predomina en Occidente la visión hobbesiana según la cual homo homini lupus: “el hombre es el lobo del hombre”. En otras palabras, predominan las ideas de que los seres humanos son egoístas y malos por naturaleza; y de que su “estado de naturaleza” es la anarquía o la guerra. Por fortuna, poco a poco cobran fuerza enfoques que cuestionan esa visión y reivindican la idea, planteada entre otros por Santo Tomás, de que la naturaleza de los seres humanos es más bien sociable y bondadosa: naturaliter homo homini amicus[2].
Según la síntesis de Douglas Fry, por ejemplo, está surgiendo una nueva perspectiva de la evolución humana, que sin descartar de un todo la dimensión competitiva o conflictiva de la misma, se basa en recientes avances teóricos y en “un considerable caudal de datos sobre los seres humanos y los animales, para mostrar que la cooperación, el compartir, la ayuda y la reconciliación también tienen una sólida base evolutiva”[3]. Especialmente, lo que se sabe en la actualidad sobre las “pequeñas bandas de cazadores y recolectores”, quienes representarían por mucho la mayor parte de la historia de nuestra especie, indica que Hobbes estaba equivocado al pensar que no es posible vivir en paz sin un Estado que imponga algún orden. Así, según una enciclopedia enteramente dedicada a las culturas de cazadores-recolectores: “La evidencia indica que han vivido juntos [hasta hace poco] sorprendentemente bien, resolviendo sus problemas entre ellos, básicamente sin recurrir a figuras de autoridad y sin una particular propensión a la violencia. Esto no concuerda con la situación que Thomas Hobbes, el gran filósofo del siglo XVII, resumió en la famosa frase de ‘la guerra de todos contra todos’”[4].  
Claro, inmersos como estamos los venezolanos en un período histórico de crispación y agudo conflicto, estas disquisiciones pueden lucir absolutamente ociosas o inútiles. Sin embargo, aunque las ideas o preconcepciones con las que vivimos pueden ser inmateriales, se traducen en consecuencias perfectamente reales o palpables. Si damos por sentado que como seres humanos estamos condenados a robarnos y matarnos unos a otros, entonces sin duda nuestro destino se decidirá entre los malandros y los grupos de exterminio, entre la guerrilla y las organizaciones de autodefensa, o en las manos de incontables mafias de todo pelaje y color. Para vivir en paz, ante todo debemos creer que es posible, y además aprender de quienes la practican o han practicado por mucho tiempo.
En ese sentido, hay que tener en cuenta los problemas de escala y tipo de organización. Porque no es lo mismo mantener la paz entre un limitado número de familias o de tribus, que valoren la igualdad, a mantenerla entre millones de personas, que valoren la obediencia y las jerarquías. Para la antropología es muy claro, de nuevo según Fry[5], que a mayor complejidad social, mayor es la dificultad de preservar la paz. Pero en todo caso es posible, y los modelos a seguir incluyen desde los aborígenes australianos hasta la Unión Europea. Al comparar esos modelos, se desprende que los “sistemas de paz” exitosos parecen tener seis características distintivas:  (a) una identidad social abarcante, o lo que es lo mismo, un “nosotros” extendido; (b) interconexiones entre subgrupos; (c) interdependencia; (d) valores no bélicos; (e) simbolismos y ceremonias que refuerzen la paz; y (f) instituciones de un orden o nivel superior para el manejo de conflictos ―lo cual no necesariamente implica un gobierno común o centralizado―.
El tema, por supuesto, merece analizarse con más detenimiento o profundidad. Pero lo menciono aquí, aunque no sea antropólogo, por su gran importancia social. Dejándonos llevar por una antropología de sentido común, aún demasiado marcada por Hobbes, nuestras respuestas a la violencia seguramente serán clamar por la pena de muerte, o si el Estado en el que vivimos no nos merece confianza, disponernos a organizar algunos linchamientos en nuestro vecindario. Pero ahora contamos con una base de datos antropológicos y etológicos que Hobbes nunca tuvo. Ahora sabemos que la paz es tanto o más natural que la violencia. Ahora podemos recurrir a las emergentes psicología, antropología y economía positivas[6], así como a la psicología del desarrollo moral, entre otros enfoques, para diseñar y construir instituciones cada vez más justas y armoniosas.
En fin, volviendo a la situación venezolana, si prestamos atención a Fry y a otros estudiosos de la paz, salta a la vista que las mejores respuestas a la ola de violencia por la que estamos atravesando no son ni militarizar las calles,  ni rebajar la edad desde la cual se puede meter preso a un muchacho. Si el gobierno actual realmente desea promover la paz, mucho más lógico sería empezar recomponiendo el “nosotros” y nuestras instituciones. Recordar que venezolanos o patriotas somos todos, independientemente de si somos opositores, oficialistas o ni-nis, y disponerse a relegitimar las instituciones clave del país con un alto grado de consenso político y social. Empezando por aquellas como la Contraloría, cuyo titular falleció hace tiempo, o el Poder Electoral, cuyos Rectores tienen el período vencido; pero incluyendo también a aquellas considerablemente desprestigiadas por el sectarismo y la corrupción ―como es el caso del Poder Judicial―. Supongo que por haber pasado ya las fechas de pedirle deseos al Niño Jesús, estas reflexiones sonarán demasiado ingenuas. Pero lo verdaderamente ridículo es financiar desde el Estado bandas de motociclistas armados, y permitirles cualquier desmán que se les antoje, para luego echarle la culpa de la creciente violencia a los fotógrafos de sucesos y a los guionistas de telenovelas.     


[1] Una excepción la ofrece Fischer, Ted (2010, July 16). A Positive Anthropology. Anthropological Observations... [Blog]. Disponible en http://anthropologicalobservations.blogspot.com/2010/07/positive-anthropology.html
[2] Véase a Scheule, R. M. (2012). “Evolutionary Ethics 2.0”? Evolutionary Anthropology’s Findings about the Nature of Man. Disponible en http://www.con-spiration.de/texte/english/2012/scheule-e.html
[3] Fry, Douglas P. (2012). Life without War. Science, No. 336, pp. 879-884.
[4] Lee D., y Daly, R. Introducción a la Cambridge Encyclopedia of Hunters and Gatherers, citados por Fry, D. P. (2007). Beyond War, The Human Potential for Peace. New York: Oxford University Press.
[5] Op. cit., Life without War, p. 881.
[6] “Una economía positiva es una economía que adapta al capitalismo a fin de asegurarse que éste asuma una perspectiva a largo plazo”. LH Forum. Movement for a Positive Economy. [Página en línea]. Disponible en http://www.lh-forum.com/

jueves, 5 de diciembre de 2013

¿A qué edad comienza el derecho al papel higiénico?

La pregunta no es ni hipotética ni ociosa, sino basada en hechos reales, aunque no fui testigo de los mismos. Se trata de un caso que le fue relatado a mi esposa hace algunas semanas, durante un taller sobre los derechos de la infancia: Una dama y su hija se hallaban en una farmacia venezolana, haciendo algunas compras, cuando ¡oh maravilla, apareció el papel higiénico!

Estando clara de que el producto está racionado a un empaque de 4 rollos por persona, y ya que cargaba su propio dinero consigo, la niña le propuso a su madre contribuir con la economía familiar comprando un paquete a cuenta de su pequeño y personal bolsillo. La madre, como era de esperarse, vio con buenos ojos la iniciativa y así, cada una con su preciado paquete, llegaron a la caja. Pero sucede que ―según el cajero― la niña no tenía derecho a hacer una transacción de tamaña importancia, por lo cual se negó a cobrarle. En otras palabras ―podemos deducir― una niña no es una persona.

Sin embargo, como también era de esperarse, el dictamen del cajero no fue acatado sin chistar, y ante la enérgica protesta de la madre, los demás consumidores en cola se polarizaron, unos poniendo el grito en el cielo por el atropello a la jovencita, y otros quejándose por lo que consideraban una viveza de parte de la madre. Dejo la anécdota en este punto, porque no creo que lo más importante del incidente tenga que ver con lo que en definitiva haya decidido el gerente de la tienda, la edad exacta de la niña o si el papel en cuestión era de los económicos o de los de lujo. Mejor me parece ver el asunto en un contexto más amplio o internacional, porque no es sólo en Venezuela donde los niños son cada vez más importantes como consumidores, bien sea directamente, con el dinero de sus mesadas, o indirectamente, al influir sobre los gastos familiares.


En los Estados Unidos, por ejemplo, tal como lo expone Sandra Calvert[i], el poder de compra de los niños y adolescentes ha venido aumentando exponencialmente y su influencia sobre los gastos familiares se hace sentir desde la elección de las comidas, hasta la selección de destinos vacacionales o la compra de automóviles.  Atentas a estas tendencias, las compañías de publicidad y mercadeo han redoblado esfuerzos por captar los mercados infantiles y crear lealtades desde las más tempranas edades, a veces empleando métodos cuestionables, por la dificultad de los pequeños para distinguir entre la realidad y la fantasía, o para comprender la intención de los avisos publicitarios. De allí la necesidad, continúa exponiendo Calvert, de que los padres actúen como mediadores y de que se formulen políticas públicas que regulen no sólo la propaganda televisiva dirigida a audiencias infantiles, sino también la que llega a través de internet o incluso a través de las escuelas y los materiales educativos.

En ese sentido, aunque el desarrollo cognitivo de los niños como consumidores se ha estudiado aplicando las teorías de Piaget, entre otras, aún no se ha estudiado lo suficiente si la creciente exposición a los avisos comerciales está haciendo que los jóvenes sean cada vez más materialistas. “Las chicas preadolescentes, por ejemplo, están comprando cada vez más y más ropas, maquillajes y demás productos que antes iban dirigidos al mercado adolescente. Un equipo de trabajo de la Asociación Estadounidense de Psicología ha argumentado que las fuertes campañas de publicidad y mercadeo están conduciendo a la sexualización prematura y a la explotación de las jovencitas”[ii].    

Ahora bien, volviendo al contexto local venezolano, tal vez haya quien considere que esta clase de argumentos vienen a darle la razón al gobierno actual, siempre tan dispuesto a hablar pestes del capitalismo y del consumismo ―mientras sus voceros, vestidos con costosísima ropa de marca, instigan al saqueo de televisores de última generación―. Pero a mi modo de ver no es así. Por el contrario, si el análisis especializado de algunas propagandas destinadas a vender muñecas y carritos pone en duda su moralidad... ¿cómo puede alguien en su sano juicio justificar que nuestro Ministerio de Educación asuma como tarea prioritaria la promoción en las aulas de una parcialidad política?

Además, como si esto último no fuese ya suficiente desgracia, conviene advertir que un efecto neto de las políticas económicas que padecemos es la creciente infantilización de la sociedad. Porque si bien la retórica gubernamental suele vanagloriarse de estar empoderando a los niños, niñas y adolescentes, al irlo controlando todo, desde el uso de las divisas, pasando por todo tipo de precios y alquileres, hasta el contenido de los noticieros y la adquisición del papel higiénico, en la práctica nos trata a todos los adultos como nenés de pecho, incapaces de entender nada o de tomar decisión alguna sin la abusiva tutela de Papá Giordani, hoy por hoy ampliamente reconocido como el más destructivo Ministro de Economía del planeta.  



[i] Calvert, Sandra L. (2008). Children as Consumers: Marketing and Advertising. The Future of Children. Vol. 18, No. 1, pp. 205-234.
[ii] Ibid., p. 219.

viernes, 29 de noviembre de 2013

De la birra como eje transversal de la pedagogía comunal

Como cualquier buen tesista sabe, a medida que va uno insistiendo en el estudio de cierto tema durante años, esa materia o indagación deja de ser un asunto relativamente frío o distante para irse convirtiendo en parte de uno, como si fuese una especie de tejido o de órgano indispensable para el bienestar personal, y cuya salud puede sufrir altibajos. En mi caso particular, después de décadas leyendo sobre educación moral y desarrollo moral, desde hace unos días tengo lo que podríamos llamar un agudo “cólico profesional”, que me empezó al leer sobre un dirigente comunal, desbordante él de entusiasmo, que últimamente ha venido desarrollando muy curiosos métodos educativos o reeducativos:

“Reuní a casi 10 chamos que estaban destruidos por la droga e inmersos en la delincuencia. Compré carne para parrilla y una caja de cerveza. Aquí mismo, en la casa comunal, les dí una charla. Les hablé del árbol de los tres caminos: el hombre nuevo que nace del socialismo, el cementerio y la cárcel. La idea es que vieran las tres opciones”[i].  

 ¿Cómo es posible ―he tenido que preguntarme― que haya perdido yo tantos años leyendo a Piaget,  Kohlberg, Gibbs, Colby y Narváez, entre otros autores, cuando las verdaderas claves de la pedagogía moral residen en la guasacaca y en una gavera de cerveza?  ¿Cómo he podido ser tan ciego? ¿O será que los ciegos son los demás? ¿Será que esos “métodos” son más bien indicadores del increíble primitivismo “pedagógico” y social en que hemos caído?  


Claro, de seguro no faltará quien piense que mi problema es producto de la vulgar y silvestre envidia, o que por andar leyendo puros autores extranjeros no soy capaz de reconocer la sublime creatividad pedagógica que bulle en cualquiera de nuestros callejones o botiquines... Pero en mi defensa puedo decir que hace años tuve el privilegio de documentar la excepcional experiencia del barrio caraqueño  “Los Erasos”, en materia de control y prevención de la delincuencia[ii]. También estoy al tanto del libro publicado por Amnistía Internacional sobre la experiencia de Catuche[iii], en donde el coraje y la organización de las madres de la comunidad, apoyadas por el padre José Virtuoso, por Doris Barreto, Coordinadora Comunitaria de Fe y Alegría, y por otros profesionales de la misma organización, han logrado contrarrestar una espiral de violencia en la que los varones jóvenes eran al mismo tiempo los victimarios y las principales víctimas. Igualmente admiro las experiencias que han tenido lugar en Chacao, en materia de Contratos Sociales o Acuerdos de Convivencia[iv].  

De modo que no se trata de condenar o de santificar, en bloque o por razones ideológicas, el rol de las comunidades en cuanto a la seguridad o la educación ciudadana; sino de discriminar entre el grano y la paja de las experiencias comunitarias en esas materias. Se trata de reconocer que la educación y la reeducación son problemas algo más complejos que el establecimiento de tarantines de empanadas o de gallineros verticales. Se trata de reconocer que el mero voluntarismo no basta para resolver esa clase de problemas. Se trata de reconocer que las teorías, los métodos y los principios éticos propios de las ciencias humanas, si bien no son una panacea, son ingredientes indispensables para el logro de soluciones genuinas o duraderas. Se trata de reconocer que los profesionales de las ciencias humanas requieren ciertas condiciones mínimas, incluyendo el debido respeto, para cumplir con su rol, que sin duda no consiste en ponerse franelas de colores y repartir cerveza para hacer propaganda barata.

Se trata de evitar, como se pretende hacer con la reciente propuesta de Reforma de la LOPNNA[v], que el Estado se desentienda alegremente de sus responsabilidades, empleando como coartada un falso empoderamiento de las comunidades. Un empoderamiento en el que se asignan cada vez más tareas u obligaciones a los Consejos Comunales, incluyendo en este caso la vigilancia de los jóvenes que incurran en delitos, pero sin garantizar o especificar siquiera con qué recursos humanos, financieros e institucionales se va a hacer posible el cumplimiento de esas tareas. En fin, ¿qué se podrá esperar de semejantes “empoderamientos” si prospera la mencionada reforma legal? Cualquier cosa, naturalmente. Incluyendo el descubrimiento de los beneficios de las birras como terapia antiadictiva, o qué sé yo, tal vez la adopción de las canciones de Juan Gabriel como nuevo eje transversal del Currículo Nacional.  



[i] Citado por López Edgar e Itriago Dalila (2013, 18 de noviembre). Vigilar a adolescentes infractores: nueva tarea de los consejos comunales, (Reforma de la LOPNNA causa controversia). El Nacional, Ciudadanos, p. 2.
[ii] Farías, Levy (1994). El papel de las organizaciones vecinales en el control y prevención de la delincuencia: un testimonio desde “Los Erasos”. Politeia, No. 17, pp. 283-324.
[iii] Zubillaga, V., Llorens, M., Souto, J., Núñez, G. y Larrazábal, V. (2013). Acuerdos Comunitarios de Convivencia ante la Violencia Armada, (Pistas para la Acción). Caracas: Amnistía Internacional.
[iv] Véase, p.ej., Municipio Autónomo Chacao del Estado Miranda (2009, 8 de noviembre). Contrato social - Reglamento interno de la comunidad de La Cruz.  Caracas.
[v] Perdomo, Gloria (2013, 27 de noviembre). La reeducación social de los adolescentes que han incurrido en delitos no debe ser una responsabilidad de Consejos Comunales. Sic Semanal. Disponible en http://sicsemanal.wordpress.com/2013/11/27/la-reeducacion-social-de-los-adolescentes-que-han-incurrido-en-delitos-no-debe-ser-una-responsabilidad-de-consejos-comunales/

jueves, 14 de noviembre de 2013

Indignación por diez a la ene

Por mi trabajo como educador, debo tener un vocabulario algo más amplio que el del ciudadano promedio; pero igual se queda uno sin palabras a la hora de opinar sobre todo el desgobierno y las bajezas que estamos presenciando en la Venezuela actual. En un sentido más bien literal, sucede que no sólo la moneda sino también el lenguaje, terminan devaluándose cuando se les maneja irresponsablemente, sin asidero alguno en la realidad. Por eso, en vez de acumular un montón de epítetos y adjetivos tratando de expresar todo el malestar que ronda por nuestras calles, casas y foros electrónicos, se me ha ocurrido desempolvar de entre mis recuerdos del bachillerato el uso de las potencias de diez, como forma de distinguir entre distintos órdenes de magnitud ―o de calamidad―.

Pena ajena por diez a la tres: El general estrangulador. En el caso de los periodistas del diario 2001[1], parece ya bastante absurdo que primero los convoquen a cubrir un evento, y que cuando están en eso los ataquen y detengan. Ninguna culpa tuvieron ellos de que lo que se suponía era una feria se convirtiera en una vulgar sampablera cuando llegó el pernil. Pero igualmente increíble es que haya sido un presunto general, en persona (y en cayapa), quien le haya aplicado una estranguladora al fotógrafo, para obligarlo a soltar su preciada cámara. Yo tenía entendido que  los generales se deben ocupar de los aspectos más elevados de la guerra,  como decidir la estrategia o subir la moral del ejército, no de patadas voladoras o llaves de lucha libre. De hecho, por eso es que en vez de metralletas o granadas suelen portar un “bastón de mando”, que ni siquiera como bastón sirve, pues es muy corto o puramente simbólico. Pero en la Venezuela actual, por lo visto, un chuzo o un simple pico e’botella de mando ―eso sí, coquetamente bañados en oro― simbolizarían mucho mejor la calaña de liderazgo que hoy se ejerce en nuestros cuarteles.   

Ilegitimidad por diez a las seis: ¡Que no quede nada en los anaqueles! Atónita tiene que haber quedado cualquier persona que haya visto al señor Maduro, primero mandar a vaciar comercios, y luego, cuando empezaron a obedecerle, hacer llamados a conservar la calma y respetar la ley... ¿En qué pensarán ese señor y sus seguidores cuando piensan en la palabra “ley”? Creo que una pista es la afición del chavismo por los decretos “con rango, valor y fuerza de ley”, pues me parece que si su mala conciencia no les recriminara que se trata de una nueva arbitrariedad o marramucia jurídica, no insistirían tanto en que el texto en cuestión tiene la pinta, el aroma y el tumbao de una ley de verdad. Lo que me extraña es que para prevenir demandas de nulidad, no escriban al final de cada decreto “trancao con llave y candao”, como hacen los niños, después de mentarle la madre a otro, para protegerse de las previsibles réplicas. De todos modos, no estaría de más que la Universidad Bolivariana creara algún Instituto de Altos Estudios de Sinónimos, Antónimos y Homónimos (y/o/u Homófobos, si van a nombrar a Pedro Carreño como Rector). Así el Ejecutivo Nacional tal vez no confundiría “precios justos” con “justos los que me da la gana”, y lograría distinguir mejor entre cosas como pajar y panal, estetoscopio y telescopio, peces y penes, deconstruir y destruir, y sobre todo entre legalidad y legitimidad.

Indignación por diez a la ene: El cierre del Ministerio de Educación. Ya desde el primer libro de pedagogía que me asignaron leer en la universidad, aclaraban a uno que educar es, por definición, un esfuerzo moral, o dicho de otro modo, que instrucción no es lo mismo que educación. En ambos casos hay enseñanza, aulas y pizarrones. Pero la instrucción se queda en el plano técnico o práctico, mientras que la educación propiamente dicha apunta a lo moral, a los valores universales o de mayor consenso social, a la plena autonomía y desarrollo del educando ―jamás a un fin tan bastardo como la permanencia en el poder de una camarilla o parcialidad política―. Por eso, cuando la Ministra Maryann Hanson gustosamente subordina su despacho a la secretaría de propaganda del PSUV, está clausurando, de facto o para efectos morales, al Ministerio de Educación, por más que las oficinas se mantengan abiertas y la burocracia continúe su ciego curso. Falsear la historia, abusar de la Constitución so pretexto de “ilustrarla”, reformar el currículo para fomentar el chavismo como si fuese un culto religioso[2]... todo ese adoctrinamiento no es más que otra clase de saqueo ―el saqueo de las conciencias infantiles― que seguramente no llamará tanto la atención como el hecho de que alguien rompa una vidriera o una santamaría, pero que si pusiéramos las cosas en su justa perspectiva, nos resultaría muchos miles de veces más grave y condenable.

En fin, esto es lo que hay. A esto se reduce el cacareado proyecto de país del chavismo. Censura, plasmas y fanatismo para hoy; tortura, hambre y más sangre para mañana.     



[1] San Miguel, Rocío (2013, 7 de noviembre). Militares contra periodistas. Noticiero Digital, disponible en http://www.noticierodigital.com/2013/11/militares-contra-periodistas/
[2] Ojeda, Juan José (2013, 6 de noviembre). Constitución Ilustrada pretende involucrar a niños en una suerte de religión chavista. Noticiero Digital, disponible en http://www.noticierodigital.com/2013/11/constitucion-ilustrada-pretende-involucrar-a-ninos-en-una-suerte-de-religion-chavista/

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Del amor del "barrio modelo" por los tiroteos (WTF)


Aunque lo leí hace ya un par de semanas, aún no logro asimilar un escrito reciente del reputado sacerdote salesiano e investigador social Alejandro Moreno. Más que el artículo en sí, lo que me perturba es un párrafo donde el estimado Alejandro, sus colegas, o sus entrevistados ―la autoría no queda del todo clara―, parecen reivindicar a los “malandros” como una valiosa expresión folclórica o algo semejante. Cito:

“En el barrio nos sentimos bien, digan lo que digan los de fuera, y sabemos que somos nosotros, que nos distinguimos de los del otro barrio, porque tenemos nuestro nombre, nuestro patrón, nuestras fiestas, nuestros malandros, nuestros políticos y politiqueros, nuestras bodegas, nuestra licorería, nuestra escuela, nuestra iglesia y nuestras iglesias. Nuestros tiroteos también, pero aunque no se crea, nuestra seguridad, porque nuestros malandros son nuestros y no se meten con nosotros que somos la trama familiar y social en la que ellos se mueven y la única en la que pueden sobrevivir. Se tirotean entre ellos y ellos, no contra nosotros, y ya sabemos que cuando hay tiros, no se debe uno asomar ni a la puerta ni a la ventana, como en cualquier parte de la ciudad”[1].


Si entendí correctamente, estas no son palabras textuales de alguien en particular, sino parte de un esfuerzo colectivo por condensar lo que vendría a ser el punto de vista modelo o paradigmático de nuestras comunidades populares. Lo problemático de tal esfuerzo es que en esa clase de conceptualización parecen confundirse la abstracción propia de las ciencias sociales o de los “tipos ideales” weberianos, con una reivindicación o idealización más bien romántica (¿o religiosa?) de los barrios y de sus habitantes. En consecuencia, resulta harto difícil desenmarañar allí qué es descripción y qué son teorizaciones o interpretaciones normativas. Pareciera, entonces, que la intención es combatir los prejuicios o estereotipos que critican o denigran a las comunidades populares, con estereotipos opuestos, en los que el orgullo de pertenecer a un barrio en particular se extiende a todas las facetas de la comunidad, incluyendo las delictivas. Ahora bien, como a mí en lo personal el punto de vista expresado me resulta alarmante, a continuación trataré de cuestionarlo con la misma brevedad con que fue planteado, aunque a título individual, sin pretender que al hacerlo represente entera o perfectamente a la clase media, aunque sin duda me siento ubicado en ella.

Estimados habitantes del barrio primigenio: Ante todo ténganse la bondad de revisar sus estadísticas, o de leer con más cuidado las noticias de sucesos. Porque mucho me temo que la puntería de sus malandros no es tan buena como creen, y la potencia de su armamento considerable. Supondría uno que están ustedes al tanto de la cantidad de pacíficos y honestos vecinos que han muerto o resultado heridos, no sólo en las calles del barrio sino también dentro de sus humildes moradas, sin haberse asomado a ningún lado. Por lo visto, las balas de alto calibre atraviesan el zinc y más de una pared sin reparar en provincialismos o sentimientos de arraigo a sectores específicos. (Por cierto, también parecen haberse olvidado ustedes de sus abundantes niñas preñadas a los 14 años o antes). Pero sobre todo, suponiendo que todavía, o en promedio, sea cierto que sus malandros no se meten con ustedes, ¿tendrían la amabilidad de preguntarse a quiénes será que ellos asaltan, violan y matan? ¿será de casualidad a compatriotas de algún barrio cercano, o de alguna urbanización que ningún daño les han hecho? Y si no es ya mucho pedir, ¿no ven ustedes que en la medida en que se asuman como la trama vital, familiar y social de los malandros, en esa medida se hacen ustedes cómplices de sus crímenes?

Como el tema es claramente muy álgido procuraré ser lo más preciso posible. Si lo escrito por Moreno y sus colegas es inexacto, de antemano me retracto y les pido disculpas a ustedes. Pero si ese texto efectivamente refleja la mentalidad y los valores de ustedes... es sencillamente inconcebible para mí cómo pueden ustedes sentirse tan seguros y tan satisfechos de sí mismos, sin el menor asomo de nada que se parezca a una autocrítica. Y lamentablemente no podría uno más que concluir, tal como sugiere una vieja expresión, que tienen ustedes dos ranchos: el físico, en el que tan orgullosa y felizmente dicen vivir; y otro, virtual, en la cabeza.     




[1] Moreno, A. (15 de Octubre de 2013). ¿Comunidades organizadas? El Nacional, Opinión, p. 11. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Yo sicareo, tú sicareas, a él lo sicariaron...


En verdad no estoy nada seguro de cómo se conjugará nuestro último aporte al castellano; pero lo intento porque me llama mucho la atención el nacimiento de ese verbo, con el que me he encontrado  por primera vez en la advertencia tuiteda por un conductor caraqueño: “Hace minutos sicariaron un motorizado en la Av. Libertador”[1].

Supongo que resultaba más correcto decir “sicariaron a un motorizado”, pero como lo que preocupa de la frase no es exactamente la gramática, le dejaré ese tipo de consideraciones a Alexis Márquez u otros especialistas en el buen uso del idioma. Lo que a mí me parece más relevante es cómo el hablante común, en la búsqueda de una mayor economía o simplicidad del lenguaje, se inventa un verbo a partir de un sustantivo, en vista de lo absolutamente cotidiano y hasta trivial que se nos ha vuelto a los venezolanos el oficio del sicario. Quiero decir ―no vaya a ser que me acusen de andar discriminando a alguien―, el oficio de los sicarios, sicarias, sicaritos, sicaritas o sicaroadolescentes.

De hecho, el asunto me había sorprendido ya unos días antes, mientras colaboraba en la realización de un grupo focal con niñas y niños de una escuela de Petare, para el Proyecto de investigación  “Ciudades seguras e incluyentes”[2], de LACSO.  Aunque en esa oportunidad las niñas no emplearon el verbo sicariar, demostraron comprender plenamente el concepto. Pues al preguntárseles qué hacer en el caso de que la Directora de una escuela castigara injustamente a un niño, y se negara a rectificar ante las exhortaciones de otros adultos, una de las opciones que señalaron las escolares consultadas fue buscar “a alguien que tú conozcas pero que ella no conozca”, para que la asustara, golpeara o matara… Y lo más sorprendente para Gloria (Perdomo) y para mí, es que esas opciones no se mencionaron como distintos pasos o grados de una escala, sino como opciones más bien equivalentes. Como si estuviéramos hablando de una cuestión sin importancia, o hasta de gusto, y no de acciones indiscutiblemente criminales.

Por supuesto, no se trata de que por pura casualidad hayamos ido a parar a un salón de pequeñas psicópatas ―o psicópatos, pues los varoncitos expresaron ideas parecidas―. Esos jovencitos sólo estaban reflejando, cándidamente, los altos índices de anarquía y de violencia que aquejan a la sociedad venezolana actual. Otro estudio, realizado con adultos y de carácter nacional, la encuesta sobre “El Delito Organizado en Venezuela”[3], sirve de sustento a esta interpretación, porque ante la pregunta “¿Qué tan fácil o qué tan difícil es mandar a matar a alguien en su comunidad?”, fueron más quienes consideraron que era  fácil o muy fácil (un 36%), que quienes consideraron que era difícil o muy difícil (un 27%) ―mientras que el 37% dijo no saber―.

En fin, supongo que el sicariato, o el delito organizado en general, debe ser una de las poquísimas “industrias” que realmente han prosperado con el socialismo del siglo XXI. Por desgracia, lo más seguro es que esta rama de la economía nacional siga prosperando mientras dure este gobierno, puesto que aparte de su tenaz tendencia a negar cualquier problema, por evidente que sea, su única otra respuesta más o menos predecible sería una regulación o congelación de tarifas. Digamos que un salario mínimo por cada asesinato, y dos si el cliente exige que la víctima sea torturada previamente. Es que ya me imagino a  los inefables voceros de la Fiscalía o del enésimo Estado Mayor Situacional Popular de Pacotilla, tan orondos como de costumbre, explicando que “lo que pasa es que antes sólo los oligarcas podían contratar asesinos a sueldo, mientras que ahora con la revolución el sicariato está al alcance de todos”.  




[1] (Octubre 27, 2013). Mataron a un motorizado en la Avenida Libertador. La Patilla. Disponible en: http://www.lapatilla.com/site/2013/10/27/mataron-a-un-motorizado-en-la-avenida-libertador/
[2] Proyecto coordinado por el Laboratorio de Ciencias Sociales, en el que también participan la Fundación Luz y Vida e investigadores sociales de diversas universidades.  
[3] (2013), Laboratorio de Ciencias Sociales, Observatorio Venezolano de Violencia, Observatorio de Delito Organizado, Asociación Civil Paz Activa. Presentación en línea, disponible en: http://portada.cloud.noticias24.com/El%20Delito%20Organizado%20en%20Venezuela.pdf