miércoles, 6 de noviembre de 2013

Del amor del "barrio modelo" por los tiroteos (WTF)


Aunque lo leí hace ya un par de semanas, aún no logro asimilar un escrito reciente del reputado sacerdote salesiano e investigador social Alejandro Moreno. Más que el artículo en sí, lo que me perturba es un párrafo donde el estimado Alejandro, sus colegas, o sus entrevistados ―la autoría no queda del todo clara―, parecen reivindicar a los “malandros” como una valiosa expresión folclórica o algo semejante. Cito:

“En el barrio nos sentimos bien, digan lo que digan los de fuera, y sabemos que somos nosotros, que nos distinguimos de los del otro barrio, porque tenemos nuestro nombre, nuestro patrón, nuestras fiestas, nuestros malandros, nuestros políticos y politiqueros, nuestras bodegas, nuestra licorería, nuestra escuela, nuestra iglesia y nuestras iglesias. Nuestros tiroteos también, pero aunque no se crea, nuestra seguridad, porque nuestros malandros son nuestros y no se meten con nosotros que somos la trama familiar y social en la que ellos se mueven y la única en la que pueden sobrevivir. Se tirotean entre ellos y ellos, no contra nosotros, y ya sabemos que cuando hay tiros, no se debe uno asomar ni a la puerta ni a la ventana, como en cualquier parte de la ciudad”[1].


Si entendí correctamente, estas no son palabras textuales de alguien en particular, sino parte de un esfuerzo colectivo por condensar lo que vendría a ser el punto de vista modelo o paradigmático de nuestras comunidades populares. Lo problemático de tal esfuerzo es que en esa clase de conceptualización parecen confundirse la abstracción propia de las ciencias sociales o de los “tipos ideales” weberianos, con una reivindicación o idealización más bien romántica (¿o religiosa?) de los barrios y de sus habitantes. En consecuencia, resulta harto difícil desenmarañar allí qué es descripción y qué son teorizaciones o interpretaciones normativas. Pareciera, entonces, que la intención es combatir los prejuicios o estereotipos que critican o denigran a las comunidades populares, con estereotipos opuestos, en los que el orgullo de pertenecer a un barrio en particular se extiende a todas las facetas de la comunidad, incluyendo las delictivas. Ahora bien, como a mí en lo personal el punto de vista expresado me resulta alarmante, a continuación trataré de cuestionarlo con la misma brevedad con que fue planteado, aunque a título individual, sin pretender que al hacerlo represente entera o perfectamente a la clase media, aunque sin duda me siento ubicado en ella.

Estimados habitantes del barrio primigenio: Ante todo ténganse la bondad de revisar sus estadísticas, o de leer con más cuidado las noticias de sucesos. Porque mucho me temo que la puntería de sus malandros no es tan buena como creen, y la potencia de su armamento considerable. Supondría uno que están ustedes al tanto de la cantidad de pacíficos y honestos vecinos que han muerto o resultado heridos, no sólo en las calles del barrio sino también dentro de sus humildes moradas, sin haberse asomado a ningún lado. Por lo visto, las balas de alto calibre atraviesan el zinc y más de una pared sin reparar en provincialismos o sentimientos de arraigo a sectores específicos. (Por cierto, también parecen haberse olvidado ustedes de sus abundantes niñas preñadas a los 14 años o antes). Pero sobre todo, suponiendo que todavía, o en promedio, sea cierto que sus malandros no se meten con ustedes, ¿tendrían la amabilidad de preguntarse a quiénes será que ellos asaltan, violan y matan? ¿será de casualidad a compatriotas de algún barrio cercano, o de alguna urbanización que ningún daño les han hecho? Y si no es ya mucho pedir, ¿no ven ustedes que en la medida en que se asuman como la trama vital, familiar y social de los malandros, en esa medida se hacen ustedes cómplices de sus crímenes?

Como el tema es claramente muy álgido procuraré ser lo más preciso posible. Si lo escrito por Moreno y sus colegas es inexacto, de antemano me retracto y les pido disculpas a ustedes. Pero si ese texto efectivamente refleja la mentalidad y los valores de ustedes... es sencillamente inconcebible para mí cómo pueden ustedes sentirse tan seguros y tan satisfechos de sí mismos, sin el menor asomo de nada que se parezca a una autocrítica. Y lamentablemente no podría uno más que concluir, tal como sugiere una vieja expresión, que tienen ustedes dos ranchos: el físico, en el que tan orgullosa y felizmente dicen vivir; y otro, virtual, en la cabeza.     




[1] Moreno, A. (15 de Octubre de 2013). ¿Comunidades organizadas? El Nacional, Opinión, p. 11. 

lunes, 28 de octubre de 2013

Yo sicareo, tú sicareas, a él lo sicariaron...


En verdad no estoy nada seguro de cómo se conjugará nuestro último aporte al castellano; pero lo intento porque me llama mucho la atención el nacimiento de ese verbo, con el que me he encontrado  por primera vez en la advertencia tuiteda por un conductor caraqueño: “Hace minutos sicariaron un motorizado en la Av. Libertador”[1].

Supongo que resultaba más correcto decir “sicariaron a un motorizado”, pero como lo que preocupa de la frase no es exactamente la gramática, le dejaré ese tipo de consideraciones a Alexis Márquez u otros especialistas en el buen uso del idioma. Lo que a mí me parece más relevante es cómo el hablante común, en la búsqueda de una mayor economía o simplicidad del lenguaje, se inventa un verbo a partir de un sustantivo, en vista de lo absolutamente cotidiano y hasta trivial que se nos ha vuelto a los venezolanos el oficio del sicario. Quiero decir ―no vaya a ser que me acusen de andar discriminando a alguien―, el oficio de los sicarios, sicarias, sicaritos, sicaritas o sicaroadolescentes.

De hecho, el asunto me había sorprendido ya unos días antes, mientras colaboraba en la realización de un grupo focal con niñas y niños de una escuela de Petare, para el Proyecto de investigación  “Ciudades seguras e incluyentes”[2], de LACSO.  Aunque en esa oportunidad las niñas no emplearon el verbo sicariar, demostraron comprender plenamente el concepto. Pues al preguntárseles qué hacer en el caso de que la Directora de una escuela castigara injustamente a un niño, y se negara a rectificar ante las exhortaciones de otros adultos, una de las opciones que señalaron las escolares consultadas fue buscar “a alguien que tú conozcas pero que ella no conozca”, para que la asustara, golpeara o matara… Y lo más sorprendente para Gloria (Perdomo) y para mí, es que esas opciones no se mencionaron como distintos pasos o grados de una escala, sino como opciones más bien equivalentes. Como si estuviéramos hablando de una cuestión sin importancia, o hasta de gusto, y no de acciones indiscutiblemente criminales.

Por supuesto, no se trata de que por pura casualidad hayamos ido a parar a un salón de pequeñas psicópatas ―o psicópatos, pues los varoncitos expresaron ideas parecidas―. Esos jovencitos sólo estaban reflejando, cándidamente, los altos índices de anarquía y de violencia que aquejan a la sociedad venezolana actual. Otro estudio, realizado con adultos y de carácter nacional, la encuesta sobre “El Delito Organizado en Venezuela”[3], sirve de sustento a esta interpretación, porque ante la pregunta “¿Qué tan fácil o qué tan difícil es mandar a matar a alguien en su comunidad?”, fueron más quienes consideraron que era  fácil o muy fácil (un 36%), que quienes consideraron que era difícil o muy difícil (un 27%) ―mientras que el 37% dijo no saber―.

En fin, supongo que el sicariato, o el delito organizado en general, debe ser una de las poquísimas “industrias” que realmente han prosperado con el socialismo del siglo XXI. Por desgracia, lo más seguro es que esta rama de la economía nacional siga prosperando mientras dure este gobierno, puesto que aparte de su tenaz tendencia a negar cualquier problema, por evidente que sea, su única otra respuesta más o menos predecible sería una regulación o congelación de tarifas. Digamos que un salario mínimo por cada asesinato, y dos si el cliente exige que la víctima sea torturada previamente. Es que ya me imagino a  los inefables voceros de la Fiscalía o del enésimo Estado Mayor Situacional Popular de Pacotilla, tan orondos como de costumbre, explicando que “lo que pasa es que antes sólo los oligarcas podían contratar asesinos a sueldo, mientras que ahora con la revolución el sicariato está al alcance de todos”.  




[1] (Octubre 27, 2013). Mataron a un motorizado en la Avenida Libertador. La Patilla. Disponible en: http://www.lapatilla.com/site/2013/10/27/mataron-a-un-motorizado-en-la-avenida-libertador/
[2] Proyecto coordinado por el Laboratorio de Ciencias Sociales, en el que también participan la Fundación Luz y Vida e investigadores sociales de diversas universidades.  
[3] (2013), Laboratorio de Ciencias Sociales, Observatorio Venezolano de Violencia, Observatorio de Delito Organizado, Asociación Civil Paz Activa. Presentación en línea, disponible en: http://portada.cloud.noticias24.com/El%20Delito%20Organizado%20en%20Venezuela.pdf

lunes, 30 de septiembre de 2013

La nueva venezolanidad: ¿depredadores preconvencionales?

¿Cómo somos los venezolanos en la actualidad? ¿Cuáles son nuestros rasgos más llamativos o definitorios? Me lo pregunto porque nuestra fisonomía o identidad colectiva parece haber cambiado de modo acelerado y drástico en los últimos tiempos. Antes nos vanagloriábamos de ser indoblegables amantes de la libertad, así como generosos, hospitalarios y solidarios por excelencia. Pero hoy por hoy nuestro retrato parece ser bastante distinto. Al menos así se desprende de lo que podemos leer en la prensa.

Maritza Montero, por ejemplo, toda una autoridad en la materia, decía hace poco que “los venezolanos nos hemos vuelto pedigüeños”[i]. Mientras que Alberto Barrera Tyszka, en uno de sus punzantes artículos[ii], contrastaba el mito de que somos guerreros y “cuatriboleados”, con la callada resignación de las colas para comprar papel higiénico.

En verdad, parece que seguimos siendo belicosos, pero ya no en defensa de la libertad, sino de recompensas mucho más prosaicas. Lo digo basándome en titulares surtidos. Descartemos los numerosos reportajes relacionados con el “Mocho” Edwin, acribillando a sus rivales, ya rendidos, para luego arrancarles el corazón y los ojos, entre otras cosas. Digamos que como “pran” al fin, no es del todo representativo. Digamos que es un psicópata, o hasta un simple nostálgico de los aztecas. Pero de todos modos cabría preguntarse por qué algunas jóvenes de barrio consideran un honor parirle a un malandro[iii].

Consideremos entonces las noticias sobre la gandola saqueada en Caracas, en la transitada autopista Francisco Fajardo, a plena luz del día, después de un accidente de tránsito. En ese caso no está del todo claro si el desafortunado transportista estaba ya muerto o aún agonizaba, cuando los saqueadores ―motorizados, vecinos, conductores― le pasaron por encima para apoderarse del cargamento de carne. Según una versión[iv], por cierto, el conductor se hallaba atrapado en su asiento, y fue el peso de los saqueadores sobre la deformada cabina el que terminó de ocasionarle la muerte, por asfixia. O si se prefiere, consideremos el caso de la mujer que en el estado Aragua le provocó un aborto a su hermana[v], que llevaba seis meses de gestación, con una patada al vientre, mientras peleaban por un paquete de harina pan… ¡Qué lejos estamos de aquel decir, según el cual todos nacíamos con una arepa debajo del brazo!

Tal vez me esté engañando a mí mismo, pero creo que nosotros no éramos así. Por supuesto, no pretendo decir que no queden personas decentes entre nosotros; pero es claro que no es lo que abunda o destaca. Por otra parte, es verdad que la mal llamada “viveza” siempre fue uno de nuestros defectos; pero lo que estamos presenciando ahora, en infinidad de circunstancias como las mencionadas, de ninguna manera puede ser considerada una forma de viveza. Aunque no sé si decir que es bestialidad, pura y simple; o decir, aunque suene paradójico, que es un culto, la consolidación de toda una cultura en la que el salvajismo y la crueldad son los valores supremos.
   
¿Pero de dónde salieron estos nuevos venezolanos y venezolanas? ¿Qué nos pasó? ¿Cómo fue que nos convertimos en hienas humanas, constantemente al acecho? Seguramente las respuestas son múltiples y complejas;  difíciles de reducir a una sola variable o momento. Más propias de la historia que de una disciplina o teoría en particular. Pero puestos a destacar factores, como solemos hacer en las ciencias sociales, yo mencionaría en primerísimo lugar el hecho de que Hugo Chávez solía demostrar mucha más empatía, condescendencia y voluntad de diálogo frente a los malandros ―por ejemplo frente a los “pranes” de La Planta, alzados en armas―, que ante cualquier otro sector o institución del país, llámese este oposición, universidad, iglesia o empresarios. Tal vez deberíamos, entonces, actualizar de nuevo nuestro escudo, sustituyendo el manoseado caballo blanco por ese cardumen de pirañas en moto, que la admirada Rayma[vi] ha dibujado. Como quiera que sea,  en mi modesta opinión, este trágico viraje moral, no sólo hacia la ley del más fuerte, como en el nivel “preconvencional” o más rudimentario del pensamiento moral, sino hacia un nivel aún más bajo, hacia la ley del más cruel, vicioso y despiadado, ése y no otro, es el verdadero y principal “legado del Comandante”. 


[i] Zamora, Cristhoferson. (14 de julio de 20013). El venezolano se ha vuelto pedigüeño, (Entrevista a Maritza Montero). 2001, pp. 8-9.
[ii] Barrera T., Alberto. (22 de septiembre de 2013). Cuatro rollos. Siete días, El Nacional, p. 7.
[iii] Durán, Marianella (11 de noviembre de 2012). Crónica: el dudoso “honor” de parirle a un malandro. Últimas Noticias, disponible en http://www.ultimasnoticias.com.ve/noticias/actualidad/sucesos/cronica-el-dudoso--honor--de-parirle-a-un-malandro.aspx
[iv] Chourio, Mairy (28 de septiembre de 2013). Gandola fue saqueada mientras conductor fallecía. Compañeros aseguran que camionero quedó asfixiado por desvalijadores. La Voz, p. 5.
[v] Muere bebé cuando hermanas peleaban por paquete de harina. La Voz, p. 44.
[vi] Rayma (29 de septiembre de 2013). El Universal, p. 4-5.

lunes, 12 de agosto de 2013

Una escuela sin recreo no es una escuela na'

"Lo opuesto al juego no es el trabajo, sino la depresión".
Brian Sutton-Smith

Conversando hace poco con el amigo Fernando Pereira, me contaba él que en sus investigaciones para cecodap ha sabido de escuelas venezolanas, públicas y privadas, donde los niños no tienen recreo. Los motivos parecen ser diversos.  En algunos casos parecen ser administrativos, cuestiones de horario; posiblemente relacionadas con la nueva ley del trabajo —digo yo, especulando—. Es claro que a veces la infraestructura tiene parte de la culpa; las escuelas son casas pequeñas o mal adaptadas, sin un patio donde los chiquillos puedan correr o saltar libremente. Y en no pocos casos las razones son absolutamente absurdas: se les prohibe a los niños correr o jugar... ¡para que no suden! 

Quizás lo más triste de todo sea que algunos representantes no entienden la gravedad de esta situación y se complacen porque sus hijos no están “perdiendo el tiempo” con jueguitos. Problemas parecidos, en todo caso, afectan a muchos otros países, a pesar de que la Convención de los Derechos del Niño y las legislaciones derivadas de ella, como la lopnna, establecen el derecho de los jóvenes a la recreación.

Pero no es el punto de vista legal lo que me interesa tocar aquí, sino las serias implicaciones, en materia de salud mental, de negarles el recreo a los muchachos. Situación que resulta aún más grave si tomamos en cuenta que, por razones de seguridad, cada vez más familias les prohiben a los pequeños jugar en la calle o en el vecindario (un programa más o menos reciente, del canal Home & Health, titulado “La infancia perdida” [i], discutía el asunto en ambos contextos, el escolar y el familiar).

En efecto, parece claro que en las ciencias humanas ha venido ganando terreno la idea de que probablemente no haya un tiempo más valioso, desde un punto de vista educativo, que el que se dedica al juego libre, social y no competitivo. A la inversa, el declive del juego libre, común hasta apenas unas décadas, parece estar asociado a un alza de problemas como la ansiedad, la depresión e incluso el suicidio. En los Estados Unidos, por ejemplo, la tasa de suicidios entre menores de 15 años se cuadruplicó desde los años de 1950 al 2005; y ese cambio, así como otros índices de un considerable deterioro de la salud mental no parecen estar relacionados con ningún ciclo económico o político. Más bien, parecen estar relacionados con la manera en que los jóvenes ven el mundo, y en particular, con un menor sentido de control sobre sus vidas. Una creciente mezcla de narcisismo y materialismo también parecen tener mucho que ver [ii].  

Por fortuna, hay un creciente número no sólo de libros y autores sino también de experiencias y hasta de movimientos dedicados a subsanar la “privación de juego”, o a promover intervenciones terapéuticas basadas en el juego. De hecho, hasta hay un nuevo perfil profesional, al que han dado en llamar playworkers (literalmente “trabajadores del juego”), que hasta donde entiendo no son “recreadores”, como los que suelen amenizar fiestas infantiles, sino más bien una clase de docentes, o de “orquestadores de juegos”, diría yo, encargados de crear ambientes físicos y sociales propicios para el juego libre, según los distintos rangos de edad o ambientes institucionales. Hasta donde he podido apreciar, en una exploración admitidamente superficial, el Reino Unido parece llevar la delantera en estos terrenos.

Entre los autores más citados sobre el tema, Peter Gray [iii] señala cinco grandes formas en que el juego beneficia a los chicos:
1.      El juego le da a los niños oportunidad de explorar y desarrollar autónomamente sus propios intereses (en lugar de buscar constantemente la aprobación de los adultos).
2.      Es a través del juego que los niños aprenden por primera vez cómo tomar decisiones, resolver problemas, autocontrolarse y seguir reglas.
3.      Durante el juego, los niños aprenden a manejar sus emociones, incluyendo la ira y el temor.
4.      El juego ayuda a los niños a hacer amigos y a relacionarse unos con otros en pie de igualdad.
5.      Y lo más importante, el juego es una fuente de felicidad.

Deteniéndome, por ahora, tan solo en el cuarto beneficio, Gray dice al respecto:
“El juego social, por su propia naturaleza, es una actividad igualitaria. Una característica fundamental del juego es que es voluntaria; los jugadores son libres de abandonar en cualquier momento, y cualquier jugador que se sienta abusado o menospreciado se irá. Para que el juego continúe —ya sea que se trate de un agárrame si puedes, una fantasía sociodramática, o un juego de pelota improvisado— es esencial mantener felices a los demás jugadores, o al menos suficientemente felices como para que no desistan. Las reglas deben negociarse, de modo que todo el mundo consienta, o si no los disidentes se marcharán. Del mismo modo, durante el juego, cada uno de los jugadores debe sintonizarse con las reacciones emocionales de los demás, porque quienquiera que se altere demasiado dejará de jugar. Si demasiados chicos dejan de jugar, el juego se acabó. Es parte de la naturaleza de la infancia que los niños quieran jugar con otros niños, pero para lograrlo tienen que aprender y practicar las formas de relacionarse con otros, como iguales” [iv]
En fin, es con base en este tipo de razones e investigaciones que digo que una escuela sin recreo no es una escuela de verdad, sino el remedo de una fábrica, de un cuartel o hasta de una prisión. En realidad, un sentido del juego es indispensable no sólo para la salud física y mental de la infancia, sino también para que los adultos logren establecer relaciones humanas armoniosas, alcanzar un pleno desarrollo moral y autorrealizarse. Pero limitándome aquí al tema inicial, solo cabe reiterar que privar del juego a los niños o niñas, sistemáticamente, además de ser una flagrante violación a la lopnna, es también un crimen, en todo el sentido de la palabra, aunque las heridas seguramente no serán evidentes de inmediato, sino a futuro, bajo la forma de crecientes índices de drogadicción, violencia, trastornos narcisistas, depresión crónica y suicidio.  




[ii] Gray, Peter (2011). The Decline of Play and the Rise of Psychopathology in Children and Adolescents , American Journal of Play, 3(4), pp. 447-452. http://www.psychologytoday.com/files/attachments/1195/ajp-decline-play-published.pdf
[iii] Aquí me apoyo en la síntesis de Entin, Esther, (Oct 12, 2011). All Work and No Play: Why Your Kids Are More Anxious, Depressed. The Atlantic. http://www.theatlantic.com/health/archive/2011/10/all-work-and-no-play-why-your-kids-are-more-anxious-depressed/246422/
[iv] Op. cit., pp. 456-457. 

sábado, 20 de julio de 2013

¿De verdad nacimos para ser egoístas? Lo que usted cree sobre la evolución podría estar errado [i]

por Darcia Narváez [ii]
Traducción de Rominia Araujo [iii]

     Los medios de comunicación han escogido y difundido como verdades algunas ideas, a menudo simplistas, de las investigaciones en materia de psicología evolucionista, y esto podría estar afectando nuestra moralidad y comportamiento.
     Antes de empezar a enumerarlas, es importante recordar algo sobre la prehistoria humana. Un hecho ampliamente documentado por la antropología es que la especie humana pasó el 99% de su existencia en pequeñas bandas de cazadores-recolectores (en adelante PBCR), cuyas características son bastante distintas a las de las sociedades modernas. Pero la psicología evolucionista parece haber olvidado esta línea de base.
     Entre los principales psicólogos evolucionistas, uno de los malentendidos más difundidos tiene que ver con el entorno social de las PBCR, porque los psicólogos evolucionistas tienden a trasladarnos sin más al pasado, ignorando cuán diferentes eran las personas y el entorno de los tiempos ancestrales en comparación a las personas y entornos actuales.
     Basándome en los registros antropológicos y otras informaciones sobre aquellas primeras sociedades (referencias más adelante), a continuación señalaré algunas de las características de esas sociedades que los teóricos de la psicología evolucionista suelen ignorar; y también explicaré por qué esto puede ser importante para nosotros.
     1. No había jerarquías; no había líderes.
     Los miembros de las PBCR eran fieramente igualitarios. Incluso Christopher Boehm (autor de Hierarchy in the Forest), concluye que el igualitarismo político, universal entre las PBCR, proviene de la antigüedad. Sin embargo, los psicólogos evolucionistas suelen asumir que la jerarquía y la dominación son elementos esenciales en la evolución de la naturaleza humana.
     En realidad, las jerarquías políticas (y la violencia) aparecieron con las sociedades que se dedicaban al cultivo o que se asentaban en una localidad (véase Fry, 2006, Human Potential for Peace), lo que representa sólo el 1% más reciente de la existencia humana.
     ¿Por qué es importante todo esto para nuestras vidas? Porque si pensamos que las jerarquías son parte de la una herencia humana, estaríamos más predispuestos a tolerar la desigualdad (si alguna vez se ha preguntado por qué está estresado, vea el libro de Wilkinson y Pickett, 2009, The Spirit Level [iv]). Nuestros ancestros no aceptaban la desigualdad en lo que se refiere a los recursos o al estatus.
     2. Había un profundo colectivismo e identidad grupal.
     Nadie quería estar solo. No obstante, la psicología evolucionista tiende a  asumir que los individuos vivían desvinculados y estaban motivados por la búsqueda de territorios y posesiones, tal como sucede hoy en día. Pero el individualismo actual es una variedad reciente y muy extraña, aberrante, de relación social.
     Por el contrario, en las PBCR, el placer no proviene de las posesiones o del estatus, sino del gozo que conllevan actividades sociales como jugar, bailar, cantar, bromear y reír. Ese es el tipo de actividades que nos mantienen (o mantienen a nuestras hormonas) en un “estado de ánimo moral”.
     ¿Qué importancia tiene todo esto para la vida? Cuando las personas dejan de enfocarse en el dinero y en las posesiones, lo más probable es que su bienestar aumente. Las personas altamente materialistas tienden a ser infelices (véase a Tim Kasser, The High Price of Materialism). La felicidad reside en participar en actividades y juegos sociales en donde la persona puede “olvidarse de sí misma”, en fluida sintonía con otros (véase a Brown y Vaughan, Play [v]).
     3. Los individuos, incluso los niños, gozaban de una gran autonomía.
     Los niños tenían la libertad de deambular y hacer lo que quisieran, al igual que los adultos. Los niños eran considerados seres libres, la reencarnación de parientes o de dioses, por lo que no debían ser coaccionados. En cambio, la psicología evolutiva asume que la estructura familiar de nuestros ancestros era igual a la de hoy en día, es decir, una familia nuclear, con una madre y un padre a cargo. De hecho, este tipo de estructura tiene sólo alrededor de cien años (véase a Stephanie Coontz, The Way We Never Were). 
     ¿Cuál es la importancia de esto? Los niños necesitan muchísimo cariño, así como cuidados cercanos pero no invasivos, y el mejor modo de brindárselos es mediante el apoyo de una familia extendida. También necesitan muchísima autonomía (véase el sitio web de Lenore Skenazy, Free-range Kids). La coacción mata al espíritu.
     4. Había cooperación y la paz era generalizada.
     No obstante, la psicología evolucionista da por sentado que había competitivad y violencia. ¿A quiénes se refieren? Los grupos eran permeables y fluidos. Los parientes vivían en grupos cercanos. La evidencia antropológica sugiere que la cooperación era la norma. 
     Sin embargo, la psicología evolucionista asume que había rivalidad en vez de cooperación entre los grupos; con todo, no existe evidencia de que hubiera grupos enfrentados entre las bandas de cazadores-recolectores (Fry, 2006, Human Potential for Peace). Al no haber posesiones —todo era colectivo— no había lugar para la competitividad (aunque aquí lo que nos concierne son las costumbres de crianza de los niños que hacían de ellos personas agradables y cooperadoras). La cultura norteamericana ha distanciado a los padres de muchas de estas costumbres, aunque los niños aún poseen la tendencia natural de ayudar a los otros (véase Michael Tomasello, 2009, Why we Cooperate).
     ¿Qué importancia tiene esto para la vida? Simplemente observe todas las maneras en las que usted coopera con los demás, sin imponer su punto de vista o reaccionar de forma agresiva cuando no se hace lo que usted quiere. Ahora bien, si resulta que usted no es cooperador ni pacífico, eso quiere decir que su cerebro se pone a la defensiva fácilmente, a causa de algún trauma o de un cuidado negligente durante períodos especialmente sensibles de su infancia. 
     La agresividad y la falta de cooperación no son inherentes a la naturaleza humana (excepto bajo amenaza, al igual que sucede con cualquier otro organismo). Por otra parte, las personas pueden cambiar. La psicoterapia puede contribuir a la reconstrucción de la personalidad (véase a Schwartz y Begley, The Mind and the Brain). Si usted es padre o madre, es importante que tenga en cuenta que la manera cómo críe a su hijo va a repercutir en su personalidad y en su sociabilidad.
     5. El compartir y la generosidad eran comunes.
     Era una moralidad natural. Para “amar al prójimo”, las pequeñas bandas de cazadores-recolectores no necesitaban ningún mandamiento, porque eso se logra naturalmente cuando uno es criado con bondad y compasión y con las necesidades plenamente satisfechas. Sin embargo, la psicología evolucionista asume que los seres humanos son egoístas por naturaleza.
     En palabras de Sahlins: “¿Es natural el egoísmo? Para la mayor parte de la humanidad, el egoísmo, tal como lo conocemos, es considerado antinatural en un sentido normativo; se le considera una manifestación de locura o de brujería, o como algo a corregir mediante el ostracismo, la ejecución, o como mínimo, mediante terapia. En lugar de entenderlo como la  expresión de alguna naturaleza humana pre-social, este tipo de avaricia es generalmente entendido como una pérdida de la humanidad” (Sahlins, The Western Illusion of Human Nature [vi], p. 51).
     La lucha por la supervivencia ante una amenaza es una característica de todas las formas de vida, por lo que calificar esa conducta como egoísta no nos dice nada. Sería equivalente a que decir que todo organismo crece.
     Entonces, ¿cómo fue que nos las arreglamos para generar todos esos comportamientos notoriamente egoístas que vemos en la sociedad estadounidense, entre personas de todas las edades y condiciones sociales? He estado escribiendo sobre esto  desde hace ya algún tiempo:  Esto tiene que ver con expectativas culturales que fomentan el egoísmo; con prácticas culturales que ponen a la gente “bajo amenaza” la mayor parte del tiempo; y con la crianza de los hijos (estresar a los niños al no satisfacer sus necesidades hace que el cerebro se centre en sí mismo, lo cual se va agravando progresivamente en las generaciones subsiguientes).
     ¿Por qué es importante esto para nuestra vida? Los genes no nos hacen “egoístas”. El egoísmo proviene de las formas cómo han sido criadas las personas, de las situaciones sociales que han atravesado, y de las narrativas culturales. Cambie de ambiente, de narrativas, y deje que su generosidad brote. Usted se convertirá en aquello en lo que se sumerja.



[i] Publicado originalmente como "What you think about evolution and human nature may be wrong. Were you really born to be selfish?”,  por Darcia Narvaez, , el 17 de Abril de 2011, en el blog Moral Landscapes, de la revista Psychology Today. Traducido con autorización.
[ii] La Doctora Darcia Narvaez es profesora del Departamento de Psicología de la Universidad de Notre Dame, EE UU.
[iii] Rominia Araujo es egresada de la Escuela de Idiomas Modernos de la Universidad Central de Venezuela.
[iv] Hay versión castellana: Wilkinson, R. y Pickett, K. (2009). Desigualdad: un análisis de la infelicidad colectiva. Madrid: Turner [NdT].
[v] Versión castellana: Brown y Vaughan (2010). ¡A jugar! La forma más efectiva de desarrollar el cerebro, enriquecer la imaginación y alegrar el alma. Barcelona: Urano [NdT].
[vi] Versión castellana: Sahlins, Marshall (2011). La ilusión occidental de la naturaleza humana. Con reflexiones sobre la larga historia de la jerarquía, la igualdad y la sublimación de la anarquía en Occidente, y notas comparativas sobre otras concepciones de la condición humana. México, Fondo de Cultura Económica [NdT].

martes, 7 de mayo de 2013

"Nariz de burguesa no aguanta coñazo", o la televisión pública venezolana al servicio del pensamiento antisocial


¿En qué se parecen los delincuentes juveniles al actual Estado Venezolano? A primera vista la pregunta parece absurda o totalmente halada por los pelos. Pero lamentablemente no lo es, porque en realidad hay varias semejanzas, con las cuales me topé por casualidad hace algún tiempo, cuando traducía el artículo “Inmadurez moral y comportamiento antisocial”, de John C. Gibbs[i]

En ese artículo Gibbs explica que los jóvenes que manifiestan un comportamiento antisocial típicamente tienen, entre otras características (no las voy a incluir todas en la comparación,  aunque se podría), un patrón de pensamiento claramente distorsionado. La distorsión cognitiva básica o primaria es ver el mundo como si los deseos, opiniones, necesidades o derechos de uno son siempre lo más importante, mientras que los deseos, opiniones, necesidades o derechos de los demás cuentan poco o nada. Todo ello, con una perspectiva cortoplacista que impide valorar adecuadamente no sólo el bien común, sino incluso los propios intereses a largo plazo. Dada esa perspectiva, las normas de cualquier tipo son absolutamente irrelevantes. En palabras de un transgresor de catorce años: “Yo nací con la idea de que podía hacer lo que quisiera. Siempre sentí que las reglas y reglamentos no eran para mí”[ii].

Derivadas de esa distorsión primaria, añade Gibbs, generalmente se observan algunas distorsiones cognitivas secundarias o “racionalizaciones protectoras”, destinadas a reducir el estrés psicológico que pueden experimentar los transgresores al hacerle daño a otras personas.  Las más comunes de esas distorsiones son “culpar a otros”; “asumir lo peor”; y “minimizar o tergiversar”.

Para quienes conocen la realidad venezolana, seguramente resultará muy  fácil encontrar abundantes ejemplos de cómo el “narcisismo-leninismo” chavista ha empleado este tipo de distorsiones egocéntricas para justificar el quebrantamiento de cualquier ley, norma o principio moral que le resulte incómodo. Pero para quienes me lean desde otras tierras, escojo unas pocas ilustraciones. 

Culpar a otros. Aunque la incompetencia de los funcionarios chavistas es ya legendaria, muy rara vez reconocen falla alguna y cuando la reconocen se eximen de culpas atribuyéndoselas más bien a un catálogo de chivos expiatorios que incluyen al Imperio, el capitalismo, la derecha, los oligarcas, los opositores, los comerciantes, los gobiernos anteriores (sin reparar en que se trata de ellos mismos), las policías regionales que no están bajo su mando, el “Niño” metereológico, y hasta  las pobres iguanas, incapaces de replicar que no son ellas las responsables de las frecuentes fallas eléctricas, sino la falta de mantenimiento e inversiones.  Ahora bien, mención aparte merecen los hechos de violencia, pues aunque haya pruebas fehacientes de que ha sido un funcionario o militante chavista quien ha golpeado, apedreado o disparado, la culpa siempre se le traslada a la víctima mediante el concepto  de “provocación” ―por lo visto un principio fundacional del Socialismo del Siglo XXI―. Provocaciones, según la visión chavista,  no son sólo cualesquiera formas de protestar legalmente en defensa de un derecho; pues hasta el simple hecho de transitar por calles o vecindarios que el gobierno considera sus bastiones, con símbolos políticos distintos a una camisa roja, puede ser motivo suficiente para ser considerado un provocador o un enemigo del país y tratado en consecuencia.

Asumir lo peor. En el caso venezolano, esto se puede resumir con una palabra:  “desestabilización”. Porque hasta la más inofensiva protesta o la más timorata de las críticas es usualmente interpretada por los jerarcas chavistas como una conspiración para “desestabilizar” el país o incluso como parte de una supuesta “guerra” con la que suelen justificar cualquier arbitrariedad que se les ocurra. Tal vez, en verdad, deberíamos añadir la palabra “magnicidio”, pues cada cierto tiempo el difunto Hugo Chávez denunciaba que la oposición local y/o internacional le quería asesinar. Ahora, su ilegítimo sucesor, Nicolás Maduro, ha empezado a hacerlo también. Pero lo que me hace dudar es que categorizar a esas denuncias como “racionalizaciones protectoras” suena demasiado elegante; creo que más exacto sería llamarlas “vulgares patrañas”o “mentiras periódicamente recicladas”.  
 
Diputado Julio Borges, cuyas lesiones
fueron minimizadas  por  sus agresores
como simple "maquillaje".
Minimizar o tergiversar. Este tipo de maniobras cognitivas ha sido cultivado por el chavismo hasta el punto de convertirlas en un verdadero arte. Y la obra maestra del género, supongo se logró después de la explosión accidental de la gran refinería de Amuay; pues en vez de destituir a los responsables, Chávez se las arregló más bien... ¡para felicitarlos! Varios ejemplos más recientes se generaron a raíz de la premeditada agresión sufrida por los diputados de oposición dentro del Parlamento venezolano. Pues aunque la misma pudo ser observada por miles de televidentes gracias al video de un teléfono (en franca complicidad, la cámara de la televisión estatal fue apuntada hacia el techo), los voceros del chavismo, además del consabido recurso a la provocación, procuraron también minimizar el asunto hablando de meras “bofetadas”, y aún más grotescamente, afirmando que los hematomas y fracturas sufridas en el rostro por las víctimas no fueron tales, sino tan sólo “maquillaje” destinado a engañar a la audiencia de las televisoras privadas[iii]

Diputada María Corina Machado, cuyas
lesiones fueron atribuidas por
Venezolana de Televisión a la
 debilidad de las narices burguesas.  
Y algo más. A raíz de los sucesos en el parlamento, por otra parte,  también quedó en evidencia un fenómeno psicológico que no se menciona en el análisis de Gibbs sobre el comportamiento antisocial entre los jóvenes. Un tipo de pensamiento que más bien parece ser propio de antisociales veteranos o consumados. Me refiero a un “chiste” que hiciera Mario Silva, ancla del principal canal televisivo del Estado venezolano, ilegalmente puesto al servicio del partido de gobierno. El chiste, si así puede llamársele, en vista de que fue seguido por risas en el estudio de televisión, hizo alusión a las cuatro fracturas que sufriera en la nariz la diputada opositora María Corina Machado. En este caso, después de poner en duda que la agresión se hubiera producido, Silva se contradijo inmediatamente, al agregar: “Nariz de burguesa no aguanta coñazo, compadre. Ojo, no estamos haciendo apología a la  violencia ni nada por el estilo, pero la verdad es que ellos nacen delicados[iv].

En este caso, los mecanismos y propósitos de la racionalización son obvios. Una nariz es una cosa, no es una persona. Una burguesa no es una dama, es el enemigo. Un enemigo que "nace" ya defectuoso. De modo que darle un puñetazo o una tanda de patadas no es un delito, ni siquiera un abuso, sino tan solo una demostración de lo fuertes que son los “revolucionarios”.  Si con eso se producen lesiones no es porque los chavistas sean violentos, sino porque los demás son delicados... De modo que, siguiendo ese modo de pensar, resulta claro que robar, secuestrar o matar a otros no es gran cosa, lo que pasa es que hay muchos llorones, y además “se lo merecían” (esta última idea es un aporte de Iris Varela, Ministra teóricamente encargada de las cárceles venezolanas, que en la práctica son gobernadas por los “pranes” o prisioneros más peligrosos y desalmados). 

¿Cómo se podría ubicar, dentro del vocabulario de las ciencias humanas, esta manera de ver el mundo y de expresarse? Yo sé que Bandura, Zimbardo y  otros psicólogos sociales han analizado cuán dañina es esa clase de “deshumanización”[v], la cual ha abonado el terreno para diversas guerras civiles y genocidios. Pero aún así creo que nos faltan precisiones o herramientas conceptuales  para describir, denunciar y prevenir este tipo de...  ¿sociopatía?, ¿deleite antisocial?, ¿orgullo criminal?  

Tal vez mis dificultades para clasificar teóricamente este tipo de miseria se deban a la simple ignorancia. Al fin y al cabo, como investigador educativo siempre me interesé en el tema de la madurez moral, no en el de la degradación humana. Pero no creo que haga falta ser un especialista en nada para entender hacia dónde conduce el financiamiento gubernamental de esta calaña de “comunicación social” y de “televisión pública”.  Ojalá las audiencias que se identifican con el chavismo tomen conciencia al fin, antes de que sea demasiado tarde, de lo que se han acostumbrado a ver y a celebrar. Porque también mediante el simple acto de aplaudir, puede uno convertirse en cómplice y empaparse las manos de sangre.



 


[i] Gibbs, J. C. (2010). Inmadurez moral y comportamiento antisocial. Postconvencionales, No. 2, pp. 21-56. Disponible en http://www.postconvencionales.org.ve/index.php/ethikos/article/view/37
[ii] Ibid., p. 30.
[iii] Elvis Amoroso asegura que Julio Borges fue maquillado para los medios. (2013, 1º de Mayo). El Universal. Disponible en http://www.eluniversal.com/nacional-y-politica/130501/elvis-amoroso-asegura-que-julio-borges-fue-maquillado-para-los-medios
[iv] Noticiero Digital (2 de Mayo de 2013). Mario Silva: Nariz de burguesa no aguanta coñ... Disponible en http://www.noticierodigital.com/2013/05/mario-silva-nariz-de-burguesa-no-aguanta-con/
[v] Para una revisión general del tema veáse a Rodríguez Pérez, A. (2007). Nosotros somos humanos, los otros no. El estudio de la Deshumanización y la Infrahumanización en Psicología. Revista IPLA, Vol.1, no. 1, pp. 28-39. Disponible en http://www.armandorodriguez.es/Articulos/archivos/RPerez2007.pdf