martes, 7 de mayo de 2013

"Nariz de burguesa no aguanta coñazo", o la televisión pública venezolana al servicio del pensamiento antisocial


¿En qué se parecen los delincuentes juveniles al actual Estado Venezolano? A primera vista la pregunta parece absurda o totalmente halada por los pelos. Pero lamentablemente no lo es, porque en realidad hay varias semejanzas, con las cuales me topé por casualidad hace algún tiempo, cuando traducía el artículo “Inmadurez moral y comportamiento antisocial”, de John C. Gibbs[i]

En ese artículo Gibbs explica que los jóvenes que manifiestan un comportamiento antisocial típicamente tienen, entre otras características (no las voy a incluir todas en la comparación,  aunque se podría), un patrón de pensamiento claramente distorsionado. La distorsión cognitiva básica o primaria es ver el mundo como si los deseos, opiniones, necesidades o derechos de uno son siempre lo más importante, mientras que los deseos, opiniones, necesidades o derechos de los demás cuentan poco o nada. Todo ello, con una perspectiva cortoplacista que impide valorar adecuadamente no sólo el bien común, sino incluso los propios intereses a largo plazo. Dada esa perspectiva, las normas de cualquier tipo son absolutamente irrelevantes. En palabras de un transgresor de catorce años: “Yo nací con la idea de que podía hacer lo que quisiera. Siempre sentí que las reglas y reglamentos no eran para mí”[ii].

Derivadas de esa distorsión primaria, añade Gibbs, generalmente se observan algunas distorsiones cognitivas secundarias o “racionalizaciones protectoras”, destinadas a reducir el estrés psicológico que pueden experimentar los transgresores al hacerle daño a otras personas.  Las más comunes de esas distorsiones son “culpar a otros”; “asumir lo peor”; y “minimizar o tergiversar”.

Para quienes conocen la realidad venezolana, seguramente resultará muy  fácil encontrar abundantes ejemplos de cómo el “narcisismo-leninismo” chavista ha empleado este tipo de distorsiones egocéntricas para justificar el quebrantamiento de cualquier ley, norma o principio moral que le resulte incómodo. Pero para quienes me lean desde otras tierras, escojo unas pocas ilustraciones. 

Culpar a otros. Aunque la incompetencia de los funcionarios chavistas es ya legendaria, muy rara vez reconocen falla alguna y cuando la reconocen se eximen de culpas atribuyéndoselas más bien a un catálogo de chivos expiatorios que incluyen al Imperio, el capitalismo, la derecha, los oligarcas, los opositores, los comerciantes, los gobiernos anteriores (sin reparar en que se trata de ellos mismos), las policías regionales que no están bajo su mando, el “Niño” metereológico, y hasta  las pobres iguanas, incapaces de replicar que no son ellas las responsables de las frecuentes fallas eléctricas, sino la falta de mantenimiento e inversiones.  Ahora bien, mención aparte merecen los hechos de violencia, pues aunque haya pruebas fehacientes de que ha sido un funcionario o militante chavista quien ha golpeado, apedreado o disparado, la culpa siempre se le traslada a la víctima mediante el concepto  de “provocación” ―por lo visto un principio fundacional del Socialismo del Siglo XXI―. Provocaciones, según la visión chavista,  no son sólo cualesquiera formas de protestar legalmente en defensa de un derecho; pues hasta el simple hecho de transitar por calles o vecindarios que el gobierno considera sus bastiones, con símbolos políticos distintos a una camisa roja, puede ser motivo suficiente para ser considerado un provocador o un enemigo del país y tratado en consecuencia.

Asumir lo peor. En el caso venezolano, esto se puede resumir con una palabra:  “desestabilización”. Porque hasta la más inofensiva protesta o la más timorata de las críticas es usualmente interpretada por los jerarcas chavistas como una conspiración para “desestabilizar” el país o incluso como parte de una supuesta “guerra” con la que suelen justificar cualquier arbitrariedad que se les ocurra. Tal vez, en verdad, deberíamos añadir la palabra “magnicidio”, pues cada cierto tiempo el difunto Hugo Chávez denunciaba que la oposición local y/o internacional le quería asesinar. Ahora, su ilegítimo sucesor, Nicolás Maduro, ha empezado a hacerlo también. Pero lo que me hace dudar es que categorizar a esas denuncias como “racionalizaciones protectoras” suena demasiado elegante; creo que más exacto sería llamarlas “vulgares patrañas”o “mentiras periódicamente recicladas”.  
 
Diputado Julio Borges, cuyas lesiones
fueron minimizadas  por  sus agresores
como simple "maquillaje".
Minimizar o tergiversar. Este tipo de maniobras cognitivas ha sido cultivado por el chavismo hasta el punto de convertirlas en un verdadero arte. Y la obra maestra del género, supongo se logró después de la explosión accidental de la gran refinería de Amuay; pues en vez de destituir a los responsables, Chávez se las arregló más bien... ¡para felicitarlos! Varios ejemplos más recientes se generaron a raíz de la premeditada agresión sufrida por los diputados de oposición dentro del Parlamento venezolano. Pues aunque la misma pudo ser observada por miles de televidentes gracias al video de un teléfono (en franca complicidad, la cámara de la televisión estatal fue apuntada hacia el techo), los voceros del chavismo, además del consabido recurso a la provocación, procuraron también minimizar el asunto hablando de meras “bofetadas”, y aún más grotescamente, afirmando que los hematomas y fracturas sufridas en el rostro por las víctimas no fueron tales, sino tan sólo “maquillaje” destinado a engañar a la audiencia de las televisoras privadas[iii]

Diputada María Corina Machado, cuyas
lesiones fueron atribuidas por
Venezolana de Televisión a la
 debilidad de las narices burguesas.  
Y algo más. A raíz de los sucesos en el parlamento, por otra parte,  también quedó en evidencia un fenómeno psicológico que no se menciona en el análisis de Gibbs sobre el comportamiento antisocial entre los jóvenes. Un tipo de pensamiento que más bien parece ser propio de antisociales veteranos o consumados. Me refiero a un “chiste” que hiciera Mario Silva, ancla del principal canal televisivo del Estado venezolano, ilegalmente puesto al servicio del partido de gobierno. El chiste, si así puede llamársele, en vista de que fue seguido por risas en el estudio de televisión, hizo alusión a las cuatro fracturas que sufriera en la nariz la diputada opositora María Corina Machado. En este caso, después de poner en duda que la agresión se hubiera producido, Silva se contradijo inmediatamente, al agregar: “Nariz de burguesa no aguanta coñazo, compadre. Ojo, no estamos haciendo apología a la  violencia ni nada por el estilo, pero la verdad es que ellos nacen delicados[iv].

En este caso, los mecanismos y propósitos de la racionalización son obvios. Una nariz es una cosa, no es una persona. Una burguesa no es una dama, es el enemigo. Un enemigo que "nace" ya defectuoso. De modo que darle un puñetazo o una tanda de patadas no es un delito, ni siquiera un abuso, sino tan solo una demostración de lo fuertes que son los “revolucionarios”.  Si con eso se producen lesiones no es porque los chavistas sean violentos, sino porque los demás son delicados... De modo que, siguiendo ese modo de pensar, resulta claro que robar, secuestrar o matar a otros no es gran cosa, lo que pasa es que hay muchos llorones, y además “se lo merecían” (esta última idea es un aporte de Iris Varela, Ministra teóricamente encargada de las cárceles venezolanas, que en la práctica son gobernadas por los “pranes” o prisioneros más peligrosos y desalmados). 

¿Cómo se podría ubicar, dentro del vocabulario de las ciencias humanas, esta manera de ver el mundo y de expresarse? Yo sé que Bandura, Zimbardo y  otros psicólogos sociales han analizado cuán dañina es esa clase de “deshumanización”[v], la cual ha abonado el terreno para diversas guerras civiles y genocidios. Pero aún así creo que nos faltan precisiones o herramientas conceptuales  para describir, denunciar y prevenir este tipo de...  ¿sociopatía?, ¿deleite antisocial?, ¿orgullo criminal?  

Tal vez mis dificultades para clasificar teóricamente este tipo de miseria se deban a la simple ignorancia. Al fin y al cabo, como investigador educativo siempre me interesé en el tema de la madurez moral, no en el de la degradación humana. Pero no creo que haga falta ser un especialista en nada para entender hacia dónde conduce el financiamiento gubernamental de esta calaña de “comunicación social” y de “televisión pública”.  Ojalá las audiencias que se identifican con el chavismo tomen conciencia al fin, antes de que sea demasiado tarde, de lo que se han acostumbrado a ver y a celebrar. Porque también mediante el simple acto de aplaudir, puede uno convertirse en cómplice y empaparse las manos de sangre.



 


[i] Gibbs, J. C. (2010). Inmadurez moral y comportamiento antisocial. Postconvencionales, No. 2, pp. 21-56. Disponible en http://www.postconvencionales.org.ve/index.php/ethikos/article/view/37
[ii] Ibid., p. 30.
[iii] Elvis Amoroso asegura que Julio Borges fue maquillado para los medios. (2013, 1º de Mayo). El Universal. Disponible en http://www.eluniversal.com/nacional-y-politica/130501/elvis-amoroso-asegura-que-julio-borges-fue-maquillado-para-los-medios
[iv] Noticiero Digital (2 de Mayo de 2013). Mario Silva: Nariz de burguesa no aguanta coñ... Disponible en http://www.noticierodigital.com/2013/05/mario-silva-nariz-de-burguesa-no-aguanta-con/
[v] Para una revisión general del tema veáse a Rodríguez Pérez, A. (2007). Nosotros somos humanos, los otros no. El estudio de la Deshumanización y la Infrahumanización en Psicología. Revista IPLA, Vol.1, no. 1, pp. 28-39. Disponible en http://www.armandorodriguez.es/Articulos/archivos/RPerez2007.pdf








 



viernes, 12 de abril de 2013

¿Estudiar para ladrón?, o el mayor problema de la Venezuela actual

Un lamento común entre mis alumnos es que muchas veces, cuando otras personas se enteran de que están estudiando politología, la reacción típica es decirles algo como: “Ah… ¡Entonces tú estás estudiando para ladrón!”
El comentario resulta doblemente injusto, primero porque politólogo no es lo mismo que político, así como un periodista no es lo mismo que un periódico, ni un infectólogo es contagioso. Confundir politología con política lamentablemente pone de relieve el bajísimo nivel cultural que caracteriza a la sociedad venezolana contemporánea.  
Segundo, aun en los casos en que una persona es un estudioso o analista de la política, y al mismo tiempo un activista o militante político, no hay razón para condenarle de inmediato, dejándose llevar por prejuicios, estereotipos o generalizaciones discriminatorias. Por desgracia, hace tiempo que en Venezuela la palabra “política” se ha asociado a mentira, suciedad, bajeza y todo tipo de ideas negativas, incluyendo varias obscenidades. Un estudio de Gladys Villarroel y sus colegas, disponible en la revista Politeia, documenta en detalle esa triste asociación de palabras, que en buena medida proviene de un moralismo tan ingenuo como dañino.
Por supuesto, sería ingenuo afirmar que todos los políticos son gente noble o bien intencionada, o que la corrupción no es un problema muy serio y digno de atención. Pero también es tonto incurrir en las exageraciones opuestas, que caen dentro de lo que se ha dado en llamar la “antipolítica”, un clima de opinión bastante difundido en numerosos países. Por ejemplo, según cierta frase que citaré de memoria: “Los políticos son como los basureros. Siempre apestan, pero aún así son necesarios”.
Lo malo de ese tipo de opiniones o actitudes es que en la práctica conduce a la idea de que cualquier persona más o menos célebre, ya sea como locutor, cantante, militar, deportista o reina de belleza, podría ser un buen presidente o presidenta justamente porque carece de formación y experiencia política. Pero la mayoría de las veces los hechos prueban lo contrario. Por muy difícil que pueda parecer, lo que corresponde es dejarse de prejuicios y de ingenuidades para reivindicar el oficio político.  A este respecto, valdría la pena recordar algunas de las reflexiones que William J. Fulbright expresó hace años en relación a la democracia estadounidense y a la importancia de las universidades para formar tanto líderes ilustrados como ciudadanos conscientes.

¿Qué es un buen ciudadano? Es verdad que un buen ciudadano debe ser capaz de ganarse la vida, pero eso es sólo el comienzo. También debería saber apreciar la importancia de un buen gobierno. Debería ser capaz de entender que toda clase de negocios o actividades, incluyendo la literatura, el arte y todas las profesiones, sólo pueden prosperar si se cuenta con un gobierno honesto, equitativo y estable que proteja esas actividades de la opresión. Debería darse cuenta de que el gobierno afecta todas sus actividades desde su nacimiento hasta su muerte. Debería entender que en esta época no hay ningún modo de escapar del gobierno que se tenga.
Como algunos de nuestros servidores públicos han sido delincuentes, muchos de nuestros ciudadanos han tirado la toalla y han concluido que la política es un negocio marcado por la podredumbre con el cual no quieren tener nada que ver. Desafortunadamente, para algunas personas la palabra “política” se ha convertido en un sinónimo de corrupción absoluta. Si esto se justificó alguna vez, fue por la indiferencia de nuestros ciudadanos y es deber de todo ciudadano decente contribuir a que la palabra recupere su buen nombre. Yo acostumbraba aconsejar a los mejores estudiantes de mis clases de derecho que incursionaran en la política, y algunos de ellos se horrorizaban de que yo quisiera verlos comprometidos en una actividad tan corrupta. Cualquiera habría pensado que yo les había aconsejado convertirse en contrabandistas. Esa actitud, que ha sido generada en gran parte por los padres y maestros, ha mantenido a muchas de nuestras mejores mentes alejadas de la política. Muchos de nuestros ciudadanos mayores han adoptado la creencia de que nada se puede hacer en materia política. Esta visión derrotista es, en mi opinión, la más grande amenaza a la preservación de nuestra forma democrática de gobierno. Yo estoy convencido de que sí se puede hacer algo para mejorar la calidad de nuestra política.  
Pero sería poco razonable esperar que de un día para otro se rectifiquen los muchos defectos que pueda haber en nuestro sistema de gobierno y que la sociedad ha acumulado desde hace mucho. De hecho, sería peligroso hacerlo. Sólo aquellos cambios que han sido bien examinados e impulsados con moderación resultarán duraderos. Las reformas súbitas devendrían en reacciones violentas y revolucionarias.
¿Qué puede hacer la universidad para contribuir a mejorar la calidad de nuestra vida política? Creo que enfatizando adecuadamente las materias indicadas, y con el correr del tiempo, las universidades pueden hacer que los estudiantes comprendan la importancia de un buen gobierno, que la política puede ser la más honorable de todas las profesiones, y así inducir a los mejores entre ellos a asumir la vida política como carrera. Nuestros esfuerzos deberían estar encaminados hacia la satisfacción de la principal necesidad de nuestra sociedad, que no es otra sino la de contar con estadistas sabios y capaces. Estadistas que sólo pueden generarse mediante el concurso de ciudadanos inteligentes, interesados y activos.
[…]
Tal vez sea cierto que sólo unos pocos serán intelectualmente capaces de beneficiarse de tales estudios como para convertirse en líderes, pero todos serán capaces de beneficiarse convirtiéndose en ciudadanos activos y votantes perspicaces. Tal programa de estudios [destinado no sólo a responder las necesidades del mercado de trabajo, sino también a enseñar la literatura mundial, la historia económica y política de las grandes naciones, así como la lógica y la filosofía], sin duda tenderá a dar a los estudiantes un sentido de las proporciones, un sentido de los valores que le permitirá apreciar la superioridad fundamental del sistema estadounidense, y lo capacitará para seleccionar los mejores principios y los mejores hombres, más allá de la confusión que generalmente caracteriza a las campañas políticas.
Las personas sin una adecuada formación de algún modo parecen pensar que los políticos deberían ser perfectos. Estas personas tienden a ser hipercríticas ante los defectos propios de cualquier ser humano común y corriente. Así, cualquier pequeña infracción moral que sería rápidamente olvidada en el caso de un empresario, se convierte en un asunto de marca mayor en el caso de un político, siendo repudiado con gran indignación por el pueblo. Esto representa una incapacidad para analizar las cosas adecuadamente, un falso sentido de los valores. El bien público, no los hábitos personales del individuo, sería lo primero a considerar. (Algunos de los grandes estadistas de Inglaterra eran bebedores y mujeriegos, pero con sólo unos pocos barcos y una pequeña y fría isla como punto de partida, guiaron a su nación a la cabeza del mundo).  El estudiante con una adecuada preparación en historia y en ciencia política puede reconocer los temas realmente importantes en la vida política y en consecuencia ser un votante inteligente. Puede distinguir lo que haya de falso en la propaganda o a los políticos que sean unos farsantes. Puede distinguir entre lo significativo y lo insignificante.
[…]
El más fuerte impulso de casi todo ser humano normal es contar con la aprobación de sus semejantes. Si esa aprobación se le concede a los hombres de negocios, entonces nuestros ciudadanos más inteligentes procurarán convertirse en hombres de negocios. Si la aprobación se le concede a los políticos, entonces los mejores entre nosotros irán a la política. Nuestras universidades deberían tratar de enseñar a todos nuestros jóvenes los principios de nuestro sistema de gobierno, o de hecho, de todos los sistemas de gobierno, y ellos hallarán por sí mismos cuál sistema es el mejor. A nuestros jóvenes se les debería enseñar lo extremadamente difícil que es ser un buen político. Se les debería enseñar a reconocer un buen político, y se les debería enseñar a concederle el mayor de los respetos y honores a los buenos políticos. Esto, creo yo, es lo primero que se le debería enseñar a todo estudiante y futuro ciudadano. Con nuestro gobierno en manos de nuestros mejores ciudadanos, las artes, las ciencias, los negocios y la religión sin duda alguna florecerán*.  

En fin, para concluir este post, en vísperas de unas elecciones cruciales para el destino de Venezuela, en las cuales desafortunadamente no podré participar, sólo me queda desear que quienes sí pueden votar lo hagan, y lo hagan del modo más inteligente y consciente posible. Quienes me conocen saben bien cuál habría sido mi voto. Pero por estar este blog vinculado a la revista Postconvencionales, y a través de ella a la Escuela de Estudios Políticos y Administrativos de la UCV, creo preferible abstenerme de manifestar aquí mi apoyo a uno de los bandos, haciendo votos más bien por la reconciliación del país y por el progresivo desarrollo de una mayor o más madura cultura política. 

* Fragmentos de:  W. J. Fulbright (1939). “La función social de la universidad”,  [Discurso].

sábado, 30 de marzo de 2013

El declive de los niños y del sentido moral


       Gracias a la cortesía de los autores, todos eminentes especialistas, y a la de la joven traductora, incluyo aquí un texto que en principio iba dirigido a una audiencia estadounidense, pero que como saltará a la vista de los lectores también llama a la reflexión sobre el modo común de criar a los niños en  muchas otras sociedades occidentales. 

       Además, seguramente servirá también para ilustrar que las investigaciones en el área del desarrollo moral, que hace una generación cobraron un nuevo auge (por no decir que "resucitaron"), tendían a destacar el rol de los razonamientos morales, mientras que ahora tienden a explorar  otros factores, como el papel de las emociones, del juego y del contacto físico a temprana edad, incluyendo las creencias o prácticas comunes en cuanto a dejar que nuestros hijos lloren o impedirles que duerman con nosotros. Al respecto, obsérvese en la ilustración anexa una foto de un experto (y peludo) educador moral, aplicando una antigua pedagogía que la ciencia contemporánea empieza a redescubrir y reivindicar. J   



El declive de los niños y del sentido moral [i]

Por Darcia Narváez, Jaak Panksepp y Allan Schore [ii]
Traducción de Rominia Araujo [iii]


Problemas que solían ser poco comunes se están volviendo predominantes 
Charles Darwin1 tenía puestas muchas esperanzas en la humanidad. Él señaló el modo singular en que la evolución del ser humano fue impulsada parcialmente por un “sentido moral”. Sus características evolutivas clave son los instintos sociales, el placer de estar en compañía de  otras personas y el sentir simpatía hacia el prójimo. También a esto contribuyeron las capacidades intelectuales, como la memoria del pasado y la habilidad de contrastar los propios deseos con las intenciones de los demás. Todo lo cual condujo al desarrollo de la conciencia y, después de la adquisición del lenguaje, a la preocupación por la opinión de los demás y por la comunidad en general.
El “sentido moral” planteado por Darwin a menudo es interpretado como si estas características fuesen universales entre los seres humanos2. Sin embargo, las investigaciones empíricas han demostrado cómo la experiencia temprana y la relación entre los niños o niñas y sus cuidadores influyen en el desarrollo o maduración de una mentalidad comunitaria. Nuestro trabajo muestra que las raíces del funcionamiento moral se forman muy temprano en la vida, durante la infancia, y dependen de las cualidades afectivas de la familia3,4,5  y del apoyo de la comunidad6. Hoy en día, las prácticas de crianza de los niños y los apoyos familiares (o la falta de ellos) están socavando el desarrollo del sentido moral en los Estados Unidos.
Esto se puede constatar en un reciente estudio de UNICEF sobre el bienestar infantil en 21 países ricos —el cual ubicó a los Estados Unidos en el puesto número 20 en cuanto a las  relaciones del niño con sus familiares y pares, y en el número 21 en materia de salud y seguridad7—; así como por la proliferación de problemas infantiles8,9 y por el creciente número de prisioneros10. Además, la empatía, columna vertebral del comportamiento moral compasivo, está disminuyendo entre los estudiantes universitarios11. Por lo visto, la cultura estadounidense puede estarse desviando cada vez más de las prácticas sociales tradicionales que emergieron de nuestro ancestral “ambiente de adaptación evolutiva”12.
Los antropólogos, quienes han documentado la vida ancestral de los niños en las comunidades cazadoras y recolectoras (que vienen a representar el “ambiente de adaptación evolutiva” donde se presume que el género humano ha vivido durante el 99% de su existencia), han observado que “los niños pequeños en estas culturas exhiben las siguientes características:
§      Son arrullados frecuentemente;
§      son cargados, tocados o mantenidos cerca de otras personas casi constantemente;
§      a menudo, reciben cuidados por parte de otros individuos (adultos) diferentes a la madre (el padre y las abuelas, en particular),  aunque a veces también los reciben de los hermanos mayores;
§      reciben pronta respuesta a sus quejidos y llantos;
§      disfrutan jugando libremente con niños de diferentes edades durante la infancia temprana”13;
§      nacen por parto natural;
§      y reciben lactancia materna durante un periodo de entre 2 y 5 años.
Los estudios del Laboratorio del Desarrollo Moral, de la Universidad de Notre Dame,  entre otros, han documentado los efectos de estas prácticas sobre el comportamiento de los niños, descubriendo las relaciones con la inteligencia, la cooperación, la conciencia, la empatía, el autocontrol, la agresión y la depresión.
De hecho, pareciera que en los Estados Unidos hemos venido privando cada vez más a los niños de las prácticas que promueven su bienestar y sentido moral:
§      Somos una de las naciones con peores índices de mortalidad materna e infantil; en parte porque el sistema gíneco-obstétrico está orientado hacia la eficiencia en vez de estarlo hacia el bienestar de los niños y niñas14.
§      La lactancia materna a menudo es desestimulada por un sistema médico que rutinariamente la obstaculiza durante los primeros días de vida15.
§      Basándose principalmente en miedos infundados y en casos extremos, los padres son incitados a dormir separados de sus hijos, quienes con frecuencia tienen muy poco contacto físico con las personas que los cuidan durante el día16.
§      Muchos padres creen que dejar llorar a su bebé es compatible con una crianza adecuada —y no lo es17—.
§      En lugar de compartir el cuidado de los chicos con otros miembros de la familia, lo que era típico de nuestra especie18, muchos niños pasan sus primeros años en guarderías con un clima emocional nada óptimo, donde se les brindan cuidados poco individualizados o receptivos19.
§      En las escuelas y centros educativos generalmente se distribuye a los niños separándolos por grupos de las mismas edades, en los que rara vez se les permite jugar libremente con otros o con el mundo natural, interfiriendo de esta manera con un desarrollo saludable tanto en lo físico como en lo mental20.
Ahora podemos cartografiar las consecuencias nada óptimas que acarrea esta clase de cuidados o de crianza.
§      Los niños alimentados con fórmula o tetero muestran peores resultados que  los alimentados con lactancia materna en todos los aspectos que se han examinado21,22.
§      La falta de contacto físico y apoyo social van en detrimento del crecimiento y desarrollo de los niños23.
§      El descuidar frecuentemente a los niños, al no ser receptivos a sus quejidos o llantos —tal vez porque los padres o el personal de las guarderías están demasiado estresados—promueve el desarrollo de un cerebro estresado, con resultados negativos en los planos físico, social y moral24, 25.
§      El juego libre, actividad que antes era la nota distintiva de la infancia, se está tornando cada vez más raro, a pesar de que investigaciones recientes demuestran que es una actividad de importancia crítica para el mantenimiento de la salud mental, y para el desarrollo de la inteligencia y de un cerebro plenamente social26, 27, 28.
Todo esto es tan solo la punta del iceberg. Cada vez resulta más claro que la manera cómo estamos criando a los niños hoy día no es la manera para la cual los seres humanos fuimos diseñados por la evolución. Como lo expresaran Thomas Lewis y colegas en su libro Una Teoría general del amor:  “Buena parte de la cultura estadounidense moderna es un vasto experimento sobre los efectos de privar a las personas de aquello que más ansían”29.
Los efectos adversos de esta pérdida de prácticas ancestrales se están haciendo evidentes al comprobar que el bienestar de los niños ha empeorado en los últimos 50 años30. Características provocadas por el descuido y el abuso infantil, que solían estar limitadas a un subconjunto de la población, se están volviendo ahora predominantes. Numerosos niños y niñas están llegando a la escuela con escasas habilidades sociales, poco control de las emociones y con hábitos que no promueven conductas en pro de la sociedad o del éxito en la vida.
§      En los Estados Unidos hay epidemias de ansiedad y depresión entre los jóvenes, o mejor dicho entre personas de todas las edades, y son cifras reales, no se trata de estadísticas artificiosas o de diagnósticos exagerados31.
§      Los porcentajes de niños cuyo comportamiento resulta agresivo, delictivo o hiperactivo se estima alcanzan un 25%32.
§      La tasa de expulsión de niños en el jardín de infancia33 y el número de niños menores de 5 años con problemas psicosociales34 o bajo medicación psicotrópica ha aumentado dramáticamente35.
§      Hace diez años se calculaba que uno de cada cuatro adolescentes se encontraban en riesgo de desempeñarse muy pobremente en la vida36; y estas tendencias no han mejorado37.
Aunque podríamos continuar minimizando estos problemas y los riesgos que estamos asumiendo con nuestras actuales formas de crianza, las tendencias negativas en cuanto al bienestar infantil en los Estados Unidos sugieren la necesidad de reexaminar nuestras prácticas culturales. En la medida en que nuestros hijos no son hilos plenamente funcionales del tejido social, la calidad de nuestra fibra moral como cultura va disminuyendo.
Lo que Darwin consideraba el motor moral de la prosperidad humana podría estar en peligro. Prácticas y creencias mal aconsejadas se han vuelto la norma, sin mucha fanfarria. Entre ellas está el uso común del tetero o la leche de fórmula, el aislamiento de los niños en sus cuartos, la creencia de que responder con prontitud a los quejidos del bebé significa malcriarlo, el meterlos en guarderías con un cuidado impersonal, y así sucesivamente. Exhortamos a los científicos y ciudadanos a que reexaminen estas prácticas tan comunes o culturalmente aceptadas, prestando atención a los posibles efectos a largo plazo sobre la persona. Se trata de un problema ético.

Referencias
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3.       Kochanska, G. (2002). Mutually responsive orientation between mothers and their young children: A context for the early development of conscience. Current Directions in Psychological Science, 11, 191-195.
4.       Schore, A.N. (1994). Affect regulation and the origin of the self: The neurobiology of emotional development. Mahweh, NJ: Erlbaum.
5.       Narvaez, D. (2008). Triune ethics: the neurobiological roots of our multiple moralities. New Ideas in Psychology, 26, 95-119.
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11.    University of Michigan (May 29, 2010). Empathy: College students don’t have as much as they used to, study finds. Science Daily. http://www.sciencedaily.com/releases/2010/05/100528081434.htm
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29.    Panksepp, J., (2007). Can PLAY diminish ADHD and facilitate the construction of the social brain. Journal of the Canadian Academy of Child and Adolescent Psychiatry, 10: 57-66.
30.    Heckman, J. (2008). Schools, skills and synapses. IZA DP No. 3515. Bonn, Germany: Institute for the Study of Labor.
31.    U.S. Department of Health and Human Services, Substance Abuse and Mental Health Services Administration. (1999). Mental health: A report of the Surgeon General. Rockville, MD: Center for Mental Health Services, National Institutes of Health, National Institute of Mental Health.
32.    Raver, C. C., & Knitze, J. (2002). "Ready to enter: What research tells policymakers about strategies to promote social and emotional school readiness among three- and four-year-old children." New York: National Center for Children in Poverty.
33.    Gilliam, W.S. (2005). Prekindergarteners left behind: Expulsion rates in state prekindergarten systems. New Haven, CT: Yale University Child study Center.
34.    Powell, D., Fixen, D., & Dunlop, G. (2003). "Pathways to service utilization: A synthesis of evidence relevant to young children with challenging behavior." University of South Florida: Center for Evidence-based Practice: Young Children with Challenging Behavior.
35.    Zito, J., Safer, D., dosRies, S., Gardener, J., Boles, M., & Lynch, F. (2000). Trends in prescribing psychotropic medications to preschoolers. Journal of the American Medical Association, 282, 1025-1030.
36.    Eccles, J., & Gootman, J. A. (2002). Community programs to promote youth development. Washington, DC: Committee on Community-Level Programs for Youth. Board on Children, Youth, and Families, Commission on Behavioral and Social Sciences Education, National Research Council and Institute of Medicine.
37.    Heckman, J. (2008). Schools, skills and synapses. IZA DP No. 3515. Bonn, Germany: Institute for the Study of Labor.


[i] Publicado originalmente el 15 de agosto de 2010, por Darcia Narváez, en el blog Moral Landscapes, Psychology Today. http://www.psychologytoday.com/blog/moral-landscapes/201008/the-decline-children-and-the-moral-sense
[ii] Darcia Narváez es Profesora del Departamento de Psicología de la Universidad de Notre Dame; Jaak Panksepp es Profesor del Departamento de Veterinaria y Anatomía, Farmacología y Fisiología Comparadas de la Universidad del Estado de Washington; Allan Schore es Profesor del Departamento de Psiquiatría y Ciencias Bioconductuales de la Universidad de California.
[iii] Rominia Araujo es Egresada de la Escuela de Idiomas Modernos de la Universidad Central de Venezuela. 

viernes, 29 de marzo de 2013

La beca más productiva de la historia


Implícitamente en mi primer post, y explícitamente ahora, he querido expresar mi profundo agradecimiento al Programa Fulbright, que al concederme una Beca de Investigación hizo posible mi visita al Departamento de Psicología de la Universidad de Notre Dame, y le ha brindado un invaluable respaldo a mis esfuerzos de investigación y de divulgación en el área del desarrollo moral y la educación moral.
El domo dorado  
Tal vez, además de dar las gracias, debería también pedir disculpas al Programa, pues entre las informaciones de bienvenida que éste proporciona se menciona que los recipientes de becas Fulbright han merecido más de 40 premios Nobel, más de 70 premios Pulitzer, y otro sinfín de reconocimientos o posiciones destacadas, incluyendo la Secretaría General de las Naciones Unidas... y la verdad es que de momento me parece un pelito difícil emular semejantes logros. En mi descargo o para mi consuelo, no estoy solo, pues a través de su historia el Programa ha patrocinado los estudios o investigaciones de más de 300.000 personas provenientes de más de 150 países.
Universidad de Notre Dame
Personalmente, por lo demás, supongo que lo que más debo agradecer a este espléndido Programa es el hecho de que si bien el mismo es muy exigente, no sólo abarca las más diversas disciplinas sino que también está abierto a estudiosos que como yo se acercan o entraron ya en la tercera edad. Por supuesto, es comprensible que cualquier programa de becas privilegie a los jóvenes, pues lógicamente son los que por más tiempo prometen rendir la inversión realizada. Pero aunque sea a modo de excepción, se debería considerar la posibilidad de que alguien ya entrado en canas pueda igualmente justificar la inversión institucional. Creo que también en este sentido, el Programa Fulbright tiene una amplitud de miras sencillamente excepcional.  
No obstante, al referirme en el título de este post a la beca más productiva de la historia, no tenía en mente exactamente a una beca Fulbright, sino a una beca Rhodes, que al serle otorgada a un joven James William Fulbright (1905-1995), a la larga fue la que inspiró el Programa que actualmente lleva el nombre del ilustre Senador, como puede verse en el fragmento de un discurso suyo que ahora paso a traducir. 
 

La educación internacional y la esperanza de un mundo mejor[i]

Por J. William Fulbright

... Puede ser que la conciencia de los peligros sin precedente de la era nuclear conduzca a las grandes potencias a comportarse con una inusual prudencia, pero el riesgo por sí solo rara vez o nunca ha bastado para inducir un inteligente autocontrol. La sabiduría es el producto de la perspectiva más que del peligro, y estas a su vez son productos de la educación. Volvemos, entonces, al poder y a la importancia del aprendizaje como el crisol –el único crisol— en el que puede dársele forma a una nueva clase de relaciones internacionales.
J.W. Fulbright
Fue con tales ideas en mente, aunque con la perspectiva propia de aquella época, hace veinte años, que en 1946 se me ocurrió proponer un programa de intercambio educativo en el Senado de los Estados Unidos. También influyó mi propia experiencia, pues tuve la gran fortuna, siendo un joven, de que se me concediera una Beca Rhodes, la cual me permitió pasar tres gratos años como estudiante en Oxford, a donde de otro modo jamás habría soñado ir. De hecho, antes de ir a Oxford apenas si había viajado más allá de mi estado natal, Arkansas. Fue de camino a Inglaterra que visité Washington y Nueva York por primera vez. Los años que pasé en Oxford me abrieron nuevos horizontes de aprendizaje por los cuales me he sentido agradecido por el resto de mi vida.  
Otra cosa que influyó sobre mí fue lo que sucedió entre las naciones después de la Primera Guerra Mundial. Todos recordamos las mezquinas controversias en cuanto al pago de compensaciones y deudas de guerra que tanto envenenaron la atmósfera internacional en los años veinte y que impidieron la reconciliación entre los antiguos rivales. Se me ocurrió que la enorme cantidad de bienes que los Estados Unidos tenían en el extranjero, en 1945, podían convertirse en el objeto de otra miserable y tal vez fatídica controversia internacional a menos que le diéramos un uso constructivo a tales bienes. Y me pareció que tras los estragos de dos guerras mundiales no podríamos encontrar ningún uso más constructivo para estos fondos que un programa educativo dirigido a forjar nuevos lazos de comprensión internacional. Si tales lazos de comprensión hubiesen existido antes, tal vez los dos grandes conflictos de nuestro siglo no habrían ocurrido. Creía yo en 1946, y creo ahora, que el gradual ensanchamiento de la comprensión internacional a través de la educación puede ser un factor importante, tal vez un factor decisivo, en la prevención de una catástrofe global capaz de destruir la civilización tal como la conocemos.
El programa de intercambio educativo no nació de uno de esos “grandes debates” de los cuales el Senado de los Estados Unidos tanto se enorgullece. El proyecto de ley era potencialmente controversial y yo decidí no correr el riesgo de apelar abiertamente al idealismo de mis colegas —por muy profundamente idealistas que puedan ser—. En verdad, pensé que mientras menos atención se le diera al asunto más grandes serían las posibilidades de victoria para el idealismo. Conseguí el apoyo de algunos pocos de mis colegas de mayor trayectoria y el proyecto fue aprobado por el Senado con una votación oral, prácticamente sin debate alguno. Un Senador muy influyente me dijo algún tiempo después que él habría enterrado el proyecto de inmediato si se hubiera percatado de su contenido. “No quiero que nuestros impresionables jóvenes norteamericanos se contagien de ismos extranjeros”, me explicó. 
Una de las características más atractivas del proyecto de ley desde el punto de vista del Congreso fue que no implicaba una apropiación de fondos obtenidos por vía de impuestos. El programa de intercambio se inició con fondos proporcionados por la venta de equipo y suministros de guerra sobrantes, que los ejércitos norteamericanos habían dejado en distintos países al final de la Segunda Guerra Mundial. Los fondos en monedas locales, que en cualquier caso no se podrían haber convertido en aquella época, dada la escasez de dólares, fueron usados para financiar los estudios de ciudadanos norteamericanos en los países donde esos fondos se hallaban disponibles, así como para pagarle los gastos a los académicos extranjeros que venían a visitar los Estados Unidos. El Presidente Kennedy una vez se refirió a este programa de intercambio como “el ejemplo por excelencia, en los tiempos modernos, de fundir espadas para convertirlas en arados”.






[i] Fragmento de: J.W. Fulbright (1967). International Education and the Hope for a Better World”. J. William Fulbright Papers, University of Arkansas Libraries, pp. 27-30. Disponible en: